Pase, que le cuento

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Luis Alberto Guiñazú
Córdoba, Córdoba, Argentina
LES DOY LA BIENVENIDA A MI PÁGINA, en ella he puesto todo mi cariño a las letras procurando brindar a los que les guste la lectura, mi mayor esfuerzo para poner creaciones que les ofrezcan un grato esparcimiento. Luis Alberto Guiñazú
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23 diciembre 2009

otro tipo de viaje

EL VIAJE POSTERGADO

Alicia entra empapada; la puerta se cierra con estruendo azotada por la corriente de aire.
—Te has hecho sopa. —observa Juan— ¡Quítate esa ropa! Si te enfermas, perderemos el…
—El quiosquero no tenía el diario —interrumpe Alicia mientras sacude el agua del bolso de plástico que utilizó como paraguas— fui al de la avenida, cuando llegué…, se había ido. Al volver, se largó con todo la lluvia –le alcanza una revista que extrae del bolso— me la encargó Luis.
Juan la hojea.
— ¿Esto lee? Ni horóscopo trae, sólo computación. ¡Y vale veinte pesos!, ni cincuenta centavos pagaría yo…
—Deja de rezongar —dice la mujer, ajustándose el cinturón de la bata con el que reemplaza a su mojada ropa— mejor veamos esa película que tanto querías ver, ya es la hora.
—Espero que tenga sexo- chancea Juan mientras enciende el televisor.
Alicia con pantuflas, trae bajo el brazo el termo y en sus manos el mate y los otros trebejos para la cebadura.
De pronto, el televisor se pone gris y mudo.
— ¡La gran puta! —exclama— Ni tele vamos a tener. ¿Cuándo será que al caer cuatro gotas locas, no se nos corte la corriente?
—Escuchemos la radio, la música nos ayudará a tranquilizarnos —indica la mujer y trae una radio portátil— cantan los Beatles —aclara— ¿recuerdas cuando nos conocimos?
— ¡Shh!, escucha, es el motor de la moto de Luis –dice Juan ahuecando la mano sobre su oreja.
— ¡Ya llegué! —El grito jubiloso de Luis lo confirma.
—Llegaste a la casa de tu vida. —ironiza Juan.
Luis, El recién llegado, es un joven de menos de veinte años, entra diciendo
— Hola viejo, ¿qué hay de nuevo? —Se saca el casco de motociclista, mientras exclama risueño, en medio de un charco de agua formado de sus mojadas ropas— ¿Qué pasa? La hora que es y ni hay olor de comida —da un beso a la abuela y al hombre lo palmea.
—Deberías buscar trabajo, si tanto hambre traes; lee las páginas amarillas, necesitas algún empleo porque yo no puedo seguir manteniendo tu tren de farras —le amonesta Juan.
—No hagas caso —intervino Alicia— Tu revista. Vaya nombre “KazaA”. ¿Qué significa?
— ¡Gracias! Es revista sobre los programas para Internet —contesta Luis mientras la ojea. De improviso exclama — ¡Aceptaron el truco que mandé contra el virus XZP!
— ¿Alguna gripe africana? —ironiza el anciano.
— ¡Déjalo de molestar! —lo regaña la mujer, y dirigiéndose a Luís— Y dime ¿Qué es eso de Xqueseyo?
—Uno baja un programa de Internet a la PC. Cuando lo activas, hace que el virus se reproduzca sin que te des cuenta. —dice Juan adelantándose al joven
—Y cuando te das cuenta te invadió todo destruyendo la información de tu disco duro. —Sigue el chico y agrega alborozado— ¡Abuelos! Con el premio voy a poder acompañarlos.
—Te felicito —dijeron a dúo la pareja
En ese momento revive el televisor, que evita que se le oyera murmurar a Juan — ¡Por la gracia que me hace!, pensé que me libraba de la pequeña peste.
El timbre del teléfono suena tres veces antes de que Juan tomara la bocina.
—Diga —y pone los ojos en blanco mientras presta atención al mensaje. Al ir escuchándolo, su rostro de a poco se transfigura de semidormido a despierto, de pálido a rojo y luego, a pálido otra vez— ¡Gran Dios! ¡Todo arruinado! —dice y cuelga.
— ¡Vamos! Di ¿que ha pasado? —pregunta Alicia con gesto preocupado
— ¡Déjame sentar! —tembloroso, Juan toma asiento en su butaca, levanta la vista, y como si se diera cuenta en ese momento que no está solo, trabucándose con las palabras, explica — Es tu hija, ¡sí!, porque no creo que sea mía; a los cuarenta y cinco años… ¡Vaya, quién lo diría!
— ¡Vamos! Me tienes sobre ascuas ¡Di por favor qué ha pasado! –suplica Alicia.
—Recuerdas que nos dijo que nos dejaba a Luis, mientras arreglaba su divorcio con el pelmazo de su esposo; bueno, ha resultado que en lugar de eso, nos avisa que ha quedado embarazada. ¡Embarazada! —y cómo para sí agrega— Es ¿que no va aprender nunca?
— ¡Ay querido, que gran noticia!
— ¡Ya!, para ti lo será, pero yo no me olvido la que pasamos cuando lo esperaba a este hijo de Judas que es tu nieto. Casi me echan del trabajo. ¡Qué pérdidas!, ¡qué desmayos!, ¡qué…! Y qué sé yo cuántos inconvenientes! —Pues querido, ya te estás yendo a la compañía a anular el viaje, la nena nos va a necesitar –exclama Elena, persignándose y besando la medalla de su cuello – ¡Gracias Virgencita por escucharme!
— ¡No decía yo! Farfulla Juan moviendo la cabeza– Ya nos quedamos sin el viaje, que tantos desvelos me causó poder conseguirlo. Sólo dan tres por jubilado y por fin lo había logrado. ¡Vaya!, ya decía que no podía ser, tanta buena suerte.
—Vamos, no lo tomes tan a pecho abuelo –interrumpe Luis el monólogo de Juan, aún exultante por el premio– Cuando todo haya pasado, yo les pago el viaje; con lo ganado por el concurso alcanza para que vayamos los tres a disfrutar.
Disimulando su orgullo, el viejo aún rezonga: —Lo único que falta es que el viaje se lo debamos a este inútil.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: MALHUMOR cuadro de Edgar Degas

un viaje accidentado



El Viaje

Espero llegar a buen término el día de hoy, la carga me la pidieron de urgencia y después de tantos bajones en la empresa, me sale este viaje, que aunque no me va a volver rico por lo menos me aliviará el presupuesto hasta fin de año.
Para prevenir inconvenientes he llevado el camión al mecánico para que lo pusiera a punto.
En mi mente he desarrollado el gráfico de mi ruta de viaje, para evitar congestionamientos de tránsito y rutas peligrosas.
Ponía mi firma en que llegaría puntualmente a la cita, me jugaba entero como si fuera una cita de amor.
Me pongo a cantar de contento, pienso en esa jovencita que conocí en el depósito de carga, es la secretaria que llena los partes de los viajes; si todo sale bien le propondré amor eterno y hasta pondría un camarote en el camión para llevarla en mis viajes y cubrirla con mimos.
En un cruce de rutas me encuentro con una congestión inesperada, más adelante un accidente arremolina autos y personas, el tránsito se hace pesado, pienso que si no se soluciona pronto será imposible cumplir con el compromiso.
Un poco más adelante, por suerte, un policía acelera el tráfico y puedo salir del trance.
Voy a toda máquina tratando de recuperar el tiempo perdido, paso por pequeños pueblos a velocidad de vértigo; en uno, un patrullero me persigue y luego de la multa me deja seguir, procuro moderar la velocidad, pero apenas sorteo un pueblo vuelvo a acelerar.
Llego a una pequeña ciudad, con semáforos y lomos de burro que me obligan a ir a paso de hombre.
Al terminar de cruzarla, en un puente angosto me demora el choque entre un tractor y un pequeño auto que lo obstruyen y que parece no ponerse de acuerdo con los arreglos.
Bajo del camión para intentar solucionar rápidamente el problema y continuar mi marcha. El del tractor es apenas un muchacho que lo llevaba a la ciudad; el auto lo maneja una atractiva mujer, que está furiosa porque el seguro no le cubrirá los daños sin los papeles del muchacho y del tractor. Comedidamente le saco varias fotos al choque y le digo, que le servirán de prueba, también me ofrezco de servirle de testigo; pero por favor: que me despeje el camino.
La mujer acepta, pero auto no arranca. Por fin lo empujamos a un costado y la invito a acercarla al próximo pueblo.
La mujer se llama Lucia y protesta por todo, entre otras cosas, por el tacón de su zapato que se le había roto y se puso a quitar el taco del otro para emparejarlos. Se queja que tiene frío, le doy una manta; ya más tranquila me empezó a agradar, charlamos de cosas, quimeras, rutas y qué sé yo cuantas otras pavadas…
Cuando paso un cruce de caminos, lanza un grito que me sobresalta.
-¡Por allí!, ¡por allí! –exclama golpeándome el brazo; la miro extrañado, aunque conocía poco la zona, el camino transversal es casi una senda que une establecimientos rurales. Paro el camión y le digo:
- Estoy muy apurado para desviarme de mi ruta, si quiere, la dejo en el cruce
- ¿Está loco? Dejarme sola a estas horas en la ruta y con los zapatos rotos
- Bueno, un poco más adelante está el pueblo, sin duda allí podrá conseguir quien la acerque.
- Prefiero que me deje en el cruce –dijo mirando su reloj.
Regreso marcha atrás los metros que me había pasado, me vuelvo para ayudarla a descender y…, me quedo helado.
- Si no bajas te voy a quemar –me dice el hombre que en una mano tiene un enorme revólver amartillado y en la otra la peluca.
-Toma -me dice, arrojándome la manta cuando descendí- te hará falta.
Y se fue a la mierda con la quimera de mis sueños, por el camino lateral.
Comienzo a caminar y para completar mi desdicha, se desata una lluvia helada que me empapa.

Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: CARRO SOBRE EL PUENTE cuadro de Vincent Van Gogh

19 diciembre 2009

El Mastin



EL MASTIN NEGRO

Se hizo una exhibición de decoración y muebles, para beneficio de los niños del hospital infantil, en una antigua casona. Éste edificio de dos plantas, tiene encima una buhardilla y por debajo del nivel de la calle, una bodega.
Cada ambiente se sorteó a estudios de arquitectos y casas de decoración que expondrían sus ideas. La condición era respetar la identidad del lugar que le toque, no haciendo modificaciones edilicias; al finalizar la muestra se contarían los votos de los visitantes, base para otorgar el premio a la mejor puesta.
Esperanzados nos anotamos, nos informaron que salimos sorteados en la buhardilla; mutuamente los socios nos ocultamos la desilusión.
A aquel espacio se accedía con una escalera de caracol, que indicaba un agregado a la construcción original. La iluminación natural la ofrecía una ventana redonda, insuficiente para nuestras necesidades; agravado por las paredes pintadas de un ocre oscuro, que tampoco favorecía a una iluminación artificial.
De pintar las paredes, tendríamos posteriormente que repintarlas a su color original; la solución fue poner bastidores empapelados que, aunque reducían el ámbito, le daban más luminosidad.
Trabajamos contra reloj para terminar a tiempo. Me ofrecí quedarme a terminar con los retoques finales durante la noche.
Un corte de electricidad fue de lo más inoportuno, y como parecía no volver, salí a buscar velas. El tiempo se había tornado tormentoso, y quizás fueran las fuertes rachas de vientos los causantes del corte.
En un kiosco trasnochado a varias cuadras conseguí algunos paquetes de bujías a un precio exorbitante.
Al regresar, entre la caminata, subir las escaleras y trepar por la caracol me derrumbé sobre el primer bulto; pero advertí, maldiciéndome por mi olvido, que no tenía con qué encender las candelas. La tormenta hizo temerario salir nuevamente.
Recordé que salía agua caliente, debía tener la casona en algún lugar el aparato encendido.
Bajé en la oscuridad recorriendo todos los ambientes del piso más bajo, no hallé nada; descendí a la planta baja, donde visité la cocina, los baños, pero en ninguno está el calefactor. Sólo quedaba por revisar el sótano.
La escalera, medio desvencijada, cruje a cada paso. La zona, ahora comprendo, no fue adjudicada a nadie por lo abandonada y por su mal estado. Creía que era inútil buscar en él, pero un resplandor me indicó mi equivocación. En el rincón más alejado se hallaba el termo tanque encendido.
Encendí la vela y levantando el brazo observé la habitación. En la pared opuesta a la escalera, una estantería la cubre parcialmente con botellas de vino cubiertas por años de tierra y telas de arañas. Abrí una, el olor avinagrado me advirtió de su estado. También contra ese muro estaba un pequeño mueble, contenía en su interior una botella de coñac medio llena, (a la que no me atrevo a destapar), una caja de madera cerrada con llave, un paquete de papel, que de tan viejo, al tocarlo se resquebraja y permite ver un antiguo uniforme militar, de la época de la guerra con el Paraguay. De uno de los bolsillos cayó una llave que abrió el cofre; en su interior, forrado de seda, relucía una pistola, de un solo tiro, como las usadas en los duelos de honor del siglo pasado; y tenía la depresión para otra arma igual.
Atraído por la curiosidad, seguí revisando aquel lugar, y tras una pila de diarios, cuya fecha se remonta al mil ochocientos y tanto, vi una lámpara a querosene, libros, cajas vacías y otras mil cosas.
Improvisé un candelero con una de las botellas. Subí, por alguna abertura penetraba una corriente de aire, la luz de la vela osciló peligrosamente; la cubrí con la mano. Me asomé a los otros ambientes que a esa hora, solitarios y a medio armar, presentaban un curioso aspecto.
Como la electricidad no volvía y todo el subibaja me había agotado, me recosté en una habitación donde instalaron un dormitorio.
Algo me hizo dar un salto, tal vez, el aumento de la intensidad del viento había hecho golpear alguna ventana.
Trepé a la buhardilla; al entrar, casi se me escapa la vela de la mano. En la pared lateral, había un armario con puerta de vidrio, una cortina impedía ver su interior; encima dormían varios objetos, en especial, juguetes viejos, destacándose un velero de madera. Enfrente, debajo la ventana, un escritorio y a ambos costados, dos bibliotecas. Lo extraordinario es que nosotros no habíamos traído semejantes antigüedades.
Dejé la improvisada palmatoria sobre aquel pupitre; con su débil luz vi entre los objetos que los poblaban, un arma de fuego de un solo tiro, parecida a la guardada en el desván. La tomé y advertí su caño caliente, y en su recámara, una bala servida. Recién entonces noté el olor a pólvora.
Abandoné el arma y, con mano temblorosa, tomé una hoja amarillenta, manuscrita, dejada junto a un sobre en cuya cubierta se lee “PARA PAPÁ”. Sobre la mano apoyada en el gabinete, sentí una respiración caliente.
Bajé la vista y quedé estólido ¡Era un mastín negro!, como de un metro de alzada que me miraba mostrándome sus colmillos. Retrocedí instintivamente, y sosteniéndole la mirada, corrí hacia la caracol descendiendo en tiempo record.
En la sala me encontré a bocajarro con mi difunto padre, no alcancé a entender qué me dijo, sólo estaba enfocado en el mastín que venía por la escalera. Salí y cerré tras mío la puerta.
La oscuridad reinante solamente era rasgada por los relámpagos, que por los ventanales desnudos, iluminaba los bultos diseminados; estos parecían cambiar de lugar a cada resplandor. Me imaginaba, que detrás de alguno de ellos se reaparecería la bestia.
Corrí a la calle, el frío me hizo tiritar, la llovizna me helaba el rostro…,el pavimento estaba resbaloso para mis viejas zapatillas; troté así varias cuadras.
De repente, recordé a mi padre. Regreso, me sentía culpable y cobarde por abandonarlo.
Abrí, en la oscuridad total, con cuidado la puerta; los relámpagos se habían aquietado, las velas quedaron arriba.
Con el corazón saltándome ante el menor ruido me dirigí al fondo de la casa, en donde estaba la entrada del sótano.
Descendí con precaución, a cada escalón me detenía, los chirridos de los viejos peldaños retumbaban en todo el edificio. Con uno de los viejos periódicos improvisé un hachón y sin pensarlo, saqué una de las botellas de la bodega para tomar un trago, recordé que eran imbebibles cuando escupí el ácido brebaje. Busqué la botella de coñac, la destapé y la olí, parecía en buen estado: me mojé los labios y luego de saborearlo, tomé un pequeño trago. Estaba bueno y le “eché al buche” uno más largo. Con el resto, cargue la lámpara a querosene y rogando que funcionara, la encendí. La luz que emitía era pobre, pero suficiente para ver en la total oscuridad.
Subí con cautela, llamando en forma queda a mi padre. Nadie respondía; me encontraba totalmente solo, ni siquiera el mastín daba señales. Más animado fui revisando los otros ambientes. Abrí la puerta que había cerrado, esperando la súbita aparición del feroz animal. Nada pasó, respiré más aliviado y comencé a subir la escalera del altillo. Iba con el brazo extendido para ver mejor, desde lo alto alcanzaba a ver el reflejo de la vela que seguía encendida.
Cuando me asomé, allí estaba aún el can. Al verme, sólo levantó sus orejas, bajó la cabeza y movió el rabo. Vi, lo que por el susto no había notado, que estaba medio muerto de hambre. Sólo Dios sabe cómo entró y cuánto llevaría encerrado. Me acerqué y lo acaricié, él, me devolvió el afecto con lamidos.
Su insistencia en lamerme la cara hizo que me despertara. Payaso, mi pequeño perro se había adelantado a los que venían a buscarme.
Mi demora y el apagón general los había preocupado, creyeron que en la oscuridad hubiese tenido un accidente.
La exposición fue un éxito, y aunque no recibimos ningún premio, los colegas nos halagaron por lo ingenioso que estuvimos en superar la adversidad.
Por supuesto, a nadie comenté lo sucedido.
Solamente conversando después con los dueños de la casona, me enteré que en ese lugar vivió un joven oficial de la guerra del Paraguay, el cual regresó herido y permaneció escondido en el altillo para no regresar al frente.
Su única compañía fue su mascota, un perro totalmente negro, que lo seguía a todas partes.
Cuando no aguantó más, se pegó un tiro. La familia, para evitar la vergüenza, lo sepultaron entre gallos y medianoche en algún lugar de la casona.
El mastín desapareció ese mismo día.


Luis Alberto Guiñazú
Imagen: COLLON cuadro de Adolfo Cura Bellocq (fragmento)

18 diciembre 2009

En el Billar


EL TORNEO

La metamorfosis terminó; de mi pupa salí húmedo, aterido, temblando por el esfuerzo.
Salto y extiendo por primera vez mis alas. Mi vuelo es todavía inseguro y bamboleante.
Enseguida, vivido en mil vidas, enderezo el rumbo, esquivo las bolsas que arrojan los empleados de la limpieza en el contenedor que había sido mi hogar y marcho a la libertad.
Una puerta abierta invita a pasar a su umbrío refugio. Me recibe un agradable fresco en la siesta canicular.
Ante mí, ¡oh! ¡Maravillas de las maravillas! Está la más preciosa de las criaturas, tiene un cuerpo rebolludo, terso; su aroma me envuelve y me enloquece. Ella se mueve indolente sin importarle mi presencia.
Me lanzo tras ella; ¡espera!, le grito cuando ya casi está a mi alcance. Indiferente, vuela hacia el interior del bar lleno de gente.
Todos están expectantes de dos contendientes que, en una mesa –la única iluminada-, giran alrededor de ésta golpeando con la punta de un palo una bola blanca.
Uno de los protagonistas da cortos pasos, busca el mejor ángulo para su golpe.
– “En este el último partido, el que define el campeón de la especialidad: “Bola ocho”; las posibilidades están abiertas, los jugadores no se sacan ventaja”. – el periodista radiofónico relata en voz baja las andanzas del partido.
– “¡Atención! –Dice emocionado el relator, elevando un poco la voz- Gustavo Campos ha decidido su golpe…, lanza el tacazo… ¡Carambola perfecta! ¡Sí señores! Introdujo la bola seis en la tronera que había anunciado.”…”y dejó la bola blanca en posición inmejorable para su próximo tiro”
El emocionado Campos, ya seguro de su éxito, se relaja mientras va pensando: –Falta poco, con el premio podré comprarle el sillón de pana que tanto le gusta a la vieja, al viejo lo sorprenderé con esa pipa de espuma de mar que miraba con deseos los otros días; y a mi hermanito querido le regalaré un equipo de audio. Y para mí…, me siento satisfecho con ser el campeón y poder participar de la próxima competencia.
– La bola siete en la tronera de la derecha –declara Campos con un tono eufórico que no puede disimular.
– Campos luce tranquilo, yo diría que ya tiene asegurado el triunfo…, –continúa relatando el locutor– Entiza la baqueta…, y sin casi buscar el mejor ángulo… ¡lanza el tiro!…¡Fantástico! Embocó en donde dijo…, y ahora la bola blanca le ha quedado para la última carambola en una posición imposible de errar.
Me ha bajado hambre, dejaré esa granujilla para después. Veo en la cucharita que dejó ese gordinflón un majar que me está esperando. ¡Allá voy!
Tras un vuelo rasante, se posa sobre el borde de la bandeja con su ambrosía, alarga ya su trompa cuando…
– Fuera mosca –dijo el mozo, sacudiendo su servilleta blanca
Salgo apresuradamente, y con una finta, me escapo de los regordetes dedos que quieren atraparme. ¡A mí! ¡Al rey de las escapadas! Y allí está la que me ha sorbido el seso muriéndose de risa…Me llama…, en su mesa hay sabrosas lagunillas, producto del estornudo del niño que me mira curiosamente cuando me acicalo antes de comer.
Y ahora con la pancita llena ¡A vivir!
Persigo en arrojadas piruetas por aire, techo y paredes a la que me tiene loco.
Una y otra vez mezclamos nuestros cuerpos, sobre las mesas, por las paredes, bajo el mostrador, -donde una araña cascarrabias nos corrió-, bajo la tulipa de la lámpara que ilumina ese extraño césped por el que ruedan unas bolas.
– El torneo se ha interrumpido brevemente –aclara a los radioescuchas– uno de los competidores ha reclamado para que sean espantadas unas moscas que lo distraen –y agrega con sorna– uno de los auxiliares acudió con un spray.
Tan entusiasmados estamos que no vemos venir al que nos rocía de lejos, bañándonos, el muy cobarde nos moja en venganza por no poder atraparnos.
– Esta vez sí me pongo las botas –piensa Campos mientras entiza su taco– ¡jah! Cómo suda, sabe que no tiene esperanzas de que pifie. Este tiro es pan comido por más que quiera distraerme con eso de las moscas –inclinándose sobre la baranda, anuncia– “La bola ocho en la tronera lateral de mi izquierda”
– Con pulso firme balancea el taco…, ¡da el golpe! La bola blanca rueda en derechura a la bola ocho y…
¡Me ahogo!, ¡me abraso! Mis alas no me responden, ¡caigo! Mi estómago se revuelve, me arde todo el cuerpo, no puedo respirar y para colmo esa mole blanca se me viene encima…
– …la bola debe de haber tomado algún efecto, –continúa el relator– la bola blanca se inclina…, sí se inclina y el golpe contra la bola ocho no es bueno…; la bola ocho se dirige a la tronera…, pero, golpea contra la boca…, oscila ante ella y…¡No entra! –exclama subiendo varios decibeles su voz– Por milímetros, empero no entra. Ahora le toca el turno a Almaza. Tiene nada más que empujar mínimamente la ocho para ganar un impensado y vibrante partido que le da el campeonato.
Los sorprendidos espectadores exclaman al unísono un prolongado ¡Oooooh! Y aplauden al eufórico Almaza que alza su taco en señal de victoria


Luis Alberto Guiñazú

15 diciembre 2009

El Pez


EL PEZ
Una singular familia se aposentó en la playa más alejada, donde los sonidos de la estridente música del bar llegaban apagados.
Esta familia estaba compuesta por una mujer, su compañero y sus tres hijos.
Los hermanos mayores llevaron al más joven hasta el refluir de las aguas haciéndole “sillita de oro”. Éste se agitaba, sacudiendo brazos y piernas, no quería que lo adentraran al Océano. Los fornidos muchachos se internaron en el mar hasta la cintura, las olas al romper les llegaban hasta el cuello. Pasaron así largo tiempo hasta que uno de ellos dio signos de cansancio.
El hermano menor se agitó convulsivamente, se negaba partir, pero no tuvo más remedio que emprender la retirada. Le van diciendo palabras reconfortantes, lo termina de convencer la promesa de darle las golosinas llevadas y ahora es él el que los azuzó para que apuraran el regreso.
Lo acomodaron en una silla de playa, le recogieron las piernas bajo sus nalgas y le dieron una caja de plástico con unas grandes letras de imprenta con la que rudimentariamente le enseñaban el alfabeto. Comenzó entonces a lanzar un sonsonete monocorde, mientras agitaba violentamente sin cesar el estuche, hasta que le dieron las prometidas golosinas.
Los escasos vecinos, los miraban disimuladamente, para luego seguir con sus ocupaciones, son los niños los que más demoraron en retomar a sus juegos playeros.
La mujer, de rostro huesudo, al que el sol ha transformado en un pergamino arrugado, acomodó con un gesto que pretende ser una caricia el rubio cabello del joven que el agua había desacomodado. Al reclinarse la boca de la malla dejó ver con holgura el nacimiento de unos pechos mustios y laxos, su flacura extrema hace que su edad sea indefinible.
El hombre, que con canosa barba candado leía indiferente, las noticias en su periódico, completaba el grupo.
Al atardecer, cuando las pocas nubes se iban tornando del rosado al púrpura, atracaron en un precario embarcadero cercano unas barcas de pesca.
Pasaron los pescadores con su carga del día; detrás marchaba un robusto mocetón que llevaba tambaleante un pequeño tiburón de algo más de un metro de largo.
El joven impedido, al verlo, incrementó su agitación; un líquido amarillo se escurrió desde su silla a la arena, el aumento de sus movimientos fueron tales que perdió la estabilidad, yendo a dar con su humanidad sobre sus propios orines.
Sus familiares corrieron a sostenerlo y levantarlo, quedando petrificados cuando el joven once añero, sumido en medio de sus movimientos disléxicos dijo, en forma clara y audible para todos:- “¡El pez!, ¡el pez!”
Por primera vez, luego de cinco años, coordinaba sonidos entendibles que expresaron el pavor que le produzco ver al culpable de su estado
Luis Alberto Guiñazú

El elegido

El Elegido Para Colonizar Un Nuevo Mundo

Completamente descorazonado -ya iban veinte currículum vitae que presentaba y no había recibido ninguna respuesta- decidió no regresar ese día, a la pensión donde se hospedaba. En ella había vivido durante todos sus estudios como astrofísico. Deambuló por bares, bibliotecas; el club, donde practicó con desánimo, la natación
Nunca supuso, que conseguir trabajo en el ramo de la astronomía, pudiera significar tanta angustia.
De chico, gustaba observar el espacio. La esfera celeste le atraía como si fuera una amante; como un roce sensual. Si por él fuera, hubiera trabajado gratis.
Al regresar para dormir, su compañero de cuarto le sorprendió cuando dijo que alguien había preguntado por él ¡para ofrecerle un trabajo! Como lo conocía amigo de hacer bromas pesadas, lo trató de falso, y embustero. Palabras que hubo que tragar cuando le mostró el papel que le habían dejado.
Cuando concurrió a la dirección, se encontró con un tropel de candidatos frente al medieval edificio de estudios avanzados de viajes espaciales.
Los recibió una secretaria que tenía un extraño pectoral de bronce con incrustaciones de piedras semipreciosas, que los hizo pasar a una sala de recepción en cuyo centro una mesita con tapa de vidrio que tenía una escultura en bronce de una foca; en las paredes estaban colgados algunos óleos, unas fotos y un gráfico en grafito.
Contra un rincón había una enorme pecera con peces de colores.
Nos dieron unas planillas para completar: llamó la atención que mencionara el peligro que entrañaba el trabajo, de forma que había que hacer un seguro a favor de algún familiar.
También nos mandaban hacernos un electro, y un montón de estudios médicos de lo más rigurosos.
Recién entonces cayó en la cuenta de que la tarea especial debía realizarse con unos pectorales protectores, en el esférico – así lo llamaban- similar al que lucía la secretaria.
Por supuesto que nada de eso importó, tanto era su afán por conseguir ese trabajo. Recién cinco horas después, cuando terminó de llenar las fórmulas y superar los exámenes para elegir al mejor del conjunto de postulantes, sintió los dolores en el trapecio por la tensión acumulada
A la semana, lo convocaron para una entrevista personal con el jefe que debía tomar la decisión para elegir a tres, de los postulantes que pasaron todas las pruebas.
Salió confiado de la audiencia y quedó a la espera del resultado en la sala de recepción; para matar el tiempo recorría los cuadros, la escultura, la pecera…
Quedó largo tiempo parado frente a la cabina de cristal, donde vio por primera vez con detenimiento los especímenes, que le parecía se habían acercado al vidrio separador para observarlo mejor.
Notó que no eran los comunes peces de colores que se veían en los hogares. Éstos tenían casi rostros humanos, mirada inteligente, que lo escrutaban incitantemente, atrayéndolo; se sintió vacío de pensamientos.
No se percató cuando lo deslizaron dentro de la pecera, aturdido aún comprendió sin oír sonido alguno que le decían: –Lo felicito, has sido elegido para ir al nuevo planeta Nautilus; lo bautizaron así porque está totalmente cubierto de agua.
Luis Alberto Guiñazú

26 noviembre 2009

El Lunar


El Lunar
La vida no le tuvo misericordia a Alberta. Fue separada del seno familiar, niña aún, por su propia madre: sospechaba que se amancebaba con su compañero.
No tuvo marido, pero sí varios hijos; los que tuvo que ceder en adopción por la presión de su pareja de turno, quien se negaban asumir responsabilidades paternas.
Alberta extrañaba sobre todo al primero de sus hijos, del que se decía, que tenía su misma cara; andaría alrededor de los veintitantos. Soñaba que llegaría a ser un hombre de bien, labrándose su porvenir lejos de la miseria que la rodeaba. Ella malvivía próxima a un basural, del que obtenía lo imprescindible para su manutención, junto al compañero del momento.
Un día encontró en una bolsa de residuos el cadáver de un bebé; criatura que sería su nieta, por las características homogénicas del lunar que ambas compartían sobre la ceja derecha. Ese acontecimiento le produjo un estallido psicológico que sacudiéndola hasta sus fibras más íntimas, la trastornó.
Fue hallada al día siguiente acunando el cuerpito en la intemperie, a pesar de la persistente lluvia. Cuando ingresó al hospital no sabía ni su nombre.
Gracias a la buena alimentación, el alejamiento de los vicios, ganó peso y se recuperó. De su anterior apariencia menesterosa, renació una atractiva mujer.
Los servicios sociales le procuraron trabajo en tareas domésticas en una casa de familia; se fue así independizando de su custodia, hasta que le dieron por curada su mente.
El infortunio seguía acosándola: sus patrones se mudaron, dejándola sin trabajo. Estuvo dos semanas sin sustento fijo; una conocida le ofreció trabajo, si no tenía inconveniente de viajar y a menor salario.
Se alegró: para tratarla la habían llevado a la capital, donde desconocía a todos. Y ahora el pueblo de donde la contrataban era el vecino al suyo.
Su patrona vive en un barrio elegante, las servidoras de las casas vecinas son amables y prontamente la hacen partícipe en sus salidas tanto en el pueblo como en el que vivía antiguamente,
Demetrio es la mosca blanca entre sus amigos mestizos: de pelo castaño claro casi rubio, nariz delgada, pómulos aplastados, ojos celestes pequeños y fríos que le ganaron el apelativo de “El Polaco”. Fue el concubino de Alberta que cuando acaecieron aquello sucesos, la abandonó pensando que lo inculparían.
Él y sus amigos se entonan con algunas copas de vino. La reunión está en su apogeo cuando irrumpen en el salón.
Demetrio ve a Alberta con sus nuevas amigas y no la reconoce, se deslumbra y apuesta desfachatado: -“Ésta mina es mía” -y arremete decidido
-“¡Ven conmigo y hagamos de ésta una noche inolvidable!” -dice con aire sobrador, acostumbrado a que las mujeres no se le resistan (sobre todo en el círculo en que se mueve)
Alberta, de espaldas no lo ve, sólo intuye que es alguien que inquieta a sus amigas y gira sonriente su cabeza, pero a medida que entra en su visión, se le congela la sonrisa y el alma.
—“Así fueras el último hombre, no saldría ni a ver si llueve con vos”. —es su fría respuesta.
Demetrio retrocede humillado, la reconoce; la tilda de loca y le echa en cara los pasados años en su compañía. Le recuerda, cuando estando abandonada y embarazada, él la recogió y se preocupó en deshacerse de la criatura cuando la tuvo.
– “¡Maldito! Yo me hubiera muerto antes de abandonarla.” —estalla Alberta— “¡Tú me obligaste que la diera!, yo nunca supe lo que hiciste. ¡Dime! ¡Dime! ¿Qué hiciste con ella?”. -Su voz había ido subiendo de tono: todos los presentes dejaron de bailar para prestar atención a la discusión.
Él, desacostumbrado a los corajes de las mujeres, y menos de una. cuyo domino total había ejercido; a duras penas se contuvo de lanzarle una trompada.
Cambió de táctica, declarando ante todos para humillarla:– “Deberías dar gracias que a tu hija la vendiera a una gente, que pagó mucho más de lo que tú podrías llegar a valer”.
A ella se le nubla la vista, se marea, tropieza; para sostenerse pone la mano sobre la mesa donde había quedado un sacacorchos; lo toma y, no recuerda cómo, apareció enterrado en el cuello de su antiguo querindango.
Un joven de unos veinte y tantos años, defensor de oficio, entra al cubículo destinado a la conferencia entre él y la acusada, porta un maletín nuevo del que extrae el expediente de su primer caso. Amaga una sonrisa de compromiso, aclara su garganta para presentarse como el doctor Pedro Puerta, a cargo de la defensa.
Para insuflar ánimos a su defendida, dice: – es un claro caso de agresión, pero podría conseguirle la mínima por emoción violenta.
Se saca sus lentes oscuros para darle más énfasis a sus palabras, dejando ver sobre su ceja derecha un lunar, del mismo tipo y en el mismo lugar que el de su defendida,
Alberta, indiferente, con la mirada perdida, acaricia el suyo.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: EL TANGO EN PARÍS cuadro de Raúl Soldi

Año 2000


AL NUEVO AÑO

Con globos de colores, guirnaldas de luces, estampidos de cohetes y descorches de sidras se acercan las doce.
La risa fácil por chistes tontos, el brindis ingenioso para despedir el año, el siglo, y el milenio.
Y con paso inseguro volver al otro día con los ojos rojos, la cabeza pesada que nos recuerda que aún la vida continúa.
Luis Alberto Guiñazú
26/11/1999
imagen:DOCE Y TREINTA cuadro de Ariel Martinez Achira

07 noviembre 2009

A mi Compañera


A MI COMPAÑERA


Te quise compañera, aquel día en que nuestras miradas se cruzaron.

Te quise cuando en el baile, cual cenicienta tu calzado perdiste.

Te quise cuando, hablando de nuestros gustos, coincidimos en Gandi, Tagore; y hablamos de de poesía y canciones de los Beatles, y los Teen Top, el rock y el twist, y los imborrables boleros de Manzanero.

Te quise cuando a la luz de la luna de febrero te besé por vez primera.

Te quise cuando, tímido y apocado, y aún pobre estudiante, quisiste ser mi novia.

Te quise cuando sin mucho porvenir marchaste con alegría al altar.

Te quise cuando acepté tu angustia y tus nervios, y dormí solo en el sofá la la noche de bodas.

Cuando resultaron vanos los esfuerzos de tener un hijo te amé.

Como compañera de los años rosados, celestes y grises, te amé.

Al ponerme el hombro en los momentos malos, te amé.

En triunfos y en derrotas, con dictaduras y democracia que juntos afrontamos, te amé.

Cuando pasamos enfermedades y operaciones, muertes y vida nueva, te amé.

Te amé y hoy aún te amo a pocas horas de los cuarenta aniversarios.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: Foto de Irma del Carmen en el viaje de bodas

27 octubre 2009

El pintor


El Pintor
Al anochecer, mientras la nieve caía suavemente, la reunión discurría distendida ante el cálido hogar pensando en el magnífico pronóstico del día siguiente para esquiar.
Cuando la charla generalizada decayó, dijo alegremente Lucía:
—Pasó un ángel.
—O un espíritu loco –agregó Sebastián.
—A propósito de locos, tengo una anécdota que si ustedes son impresionables, no les aconsejo escucharla —aclaró Isaac— ¿Quieren escucharla?
— ¡Dale! ¡Dale! —dijeron todos
—Esto ocurrió hace ya mucho tiempo, oí contárselo a mi bisabuelo cuando nos visitó acá en Bariloche. Yo, a la sazón tenía ocho años y quedé muy impresionado. Él era el secretario de un hospicio en Oslo —continuó— y por cosas relacionadas con su trabajo trabó conocimiento con muchos orates. De entre ellos se destacó uno: pertenecía a una rica familia, cuya alcurnia podía brindarle algunas prerrogativas. De ese interno, cuyo nombre no viene al caso. —aclaró anticipándose al que se veía quería interrumpirlo— corrían rumores de que había degollado a su familia.
Ante el estremecimiento que sacudió a los concurrentes, continuó relatando:
—Mi bisabuelo no podía asegurar la veracidad de los rumores, lo que sí sabía era que tenía una vigilancia rigurosa por su tendencia suicida.
— ¿Cómo lo conoció entonces? —inquirió una de las jóvenes visiblemente interesada.
—El primer encuentro entre ellos —dijo Isaac, luego de una pausa para tomar un trago del calvados— ocurrió cuando el director le pidió que arbitrara los medios necesarios para cumplir con un pedido del medico tratante: que, de acuerdo con los familiares, le brindarían pinceles, lienzos y todo lo necesario; pues pintaría como terapia.
— ¡Qué bien! , ¡qué civilizados! —fueron los comentarios que interrumpieron el relato.
—Fue así que concurrió a su celda para recabar los elementos que necesitaría —continuó— En la ocasión le preguntó sobre el tipo de pintura que pensaba realizar. Su respuesta lo inquietó: “Haré un arroyo formado por las lágrimas del dios que borrará estas paredes”.
Fue preocupado con la lista al director.
—Pues pensaría que las pinturas podrían ser utilizadas para envenenarse—razonó Lucía—
Quizás, lo importante es que como solución le suministraron témperas —aclaró Isaac— y que así mismo, deberían ser entregados en cuenta gotas, por lo que los encuentros entre mi bisabuelo y el loco fueron frecuentes. Pudo así observar los avances en los diseños y tener breves conversaciones.
—La terapia pictórica dio estupendos resultados —respondió a la inquietud de Roberto, y prosiguió— al paciente lo autorizaron a realizar sus obras al aire libre, allí lo encontró un día al llevarle más pinturas.
— ¿Qué pintaba al aire libre? —interrumpió Lucía.
—Pintaba un pino blanco muy esbelto, a cuyo pie había un macizo de rosas, —contestó el bisnieto y siguió narrando— Cuando mi bisabuelo le preguntó extrañado por qué sólo pintaba el árbol, le contestó que quería sacar de ese lugar al rosal para dejar solo al pino.
—En el siguiente encuentro estaba retratando a un anciano borrachín que veía visiones de arañas y otros bichos —continuó tras sorber otro poco del calvados— a mi bisabuelo le contó, que con sus gritos no le dejaba dormir. Por lo bajo le dijo, que estaba trabajando para hacerlo callar.
—Cuando un tiempo después, al pasar por el parque vio al pino blanco, pero no al rosal, supuso que el jardinero lo habría extraído;
La tensión del momento se vio patente cuando una silla rechinó: el ocupante se había inclinado para tomar su copa, lo que hizo que algunos de los presentes dieran un respingo; luego de la pausa impuesta por el chirrido de la silla siguió narrando:— después se enteró que el borrachín había sufrido una obstrucción de sus vías respiratorias y, cuando le practicaron una traqueotomía de urgencia…, ¡le cortaron las cuerdas vocales!
El silencio que siguió a esta declaración se remarcó en las miradas entrecruzadas de los asistentes, cuyas pieles se les habían erizado.
— Así que en una de sus últimas reuniones con el pintor, —prosiguió contando— éste le afirmó que se iba a ir de ese lugar de locos y no pensaba regresar más.
— Mi bisabuelo lo tomó con escepticismo, pero comenzó a espiar los diseños realizados por aquel orate, que día tras día trazaba y destruía su autorretrato. —Estiró el suspenso mientras se refrescó la garganta con su bebida— al principio se retrataba en su habitación, luego en el parque, como no estaba conforme, le pidió una postal a mi bisabuelo, que le llevó una donde se veía el puente sobre el Glomma. Poco tiempo después, cuando fue a llevarle una nueva remesa de colores y pinceles se encontró con la novedad de que el pintor había desaparecido: en su acolchada habitación sólo había quedado el último autorretrato ambientado en el puente.
— ¿Y qué pasó? –dijo una de las muchachas que hacia rato que se removía inquieta en su asiento.
— El bisabuelo contó que nunca lo encontraron; además, el cuadro que los familiares se llevaron se volvió famoso. Salió en todos los diarios cuando lo robaron de un museo, le habían puesto de nombre “Desesperación” y le pidieron a un pintor desconocido que lo firmara, quien le cambió el nombre por el de “El Alarido”
De pronto, la puerta del hostal se abrió y penetró un hombrecito pequeño llevando bajo su brazo un lienzo, un caballete desmontable y un valijín con sus trebejos de pintor.
— ¡Qué hermosa reunión!, me gustaría plasmarla en un cuadro –exclamó el sujeto.
Todos a un tiempo dieron banales excusas para retirarse a sus aposentos.

24 octubre 2009

El Olvido


EL OLVIDO

¡Hey! …¡Me mojo!… ¡Está lloviendo!… ¡Caramba!, Me quedé dormido.
Es extraño, el sol brilla. Y no veo nubes. Lástima que no me traje un paraguas o un sombrero; como ese lindo sombrero impermeable que me sirve tanto para la lluvia como para el sol, que me lo regaló Hugo.
¡Huguito!…Hace ya mucho que no lo veo. Claro él siempre quiso ser marinero; decía: “recorrer el mundo”, él decía…, decía,…”los siete mares”,… ¡No! ¡Ha!, ¡sí, eso decía! : “me gustaría recorrer los siete mares del mundo”
¡Vaya!… ¡Paró de llover!, será mejor que busque refugio, no sea que siga lloviendo, ¿Dónde habré dejado mis zapatos?
¡Hey!. Esta mesa es muy pesada para correrla… No hay caso, no la puedo correr.
¡Oh! Parece que alguien olvidó su merienda, esta taza está casi llena. ¿Qué será?..., Es té y… frío, mejor lo tiro... ¡Vaya a saber de quién es!
¡Caray!, ¡Llueve!, Debí traerme un paraguas, con tanta agua pronto me van a salir escamas como a los peces. ¡Ah, ya me acuerdo a qué vine! ¡Vine a pescar!... Claro, si lo único que puedo comer es pescado... Con la dentadura que me hicieron... , y ahora que me doy cuenta ¡No veo mi caña! ¿Será que justo picaron cuando me quedé dormido y arrastraron la caña al agua?, y ahora, ¿cómo pesco? Sobre esta mesa alguien dejó un pedazo de pan, podría tirarles pan. ¡Eso es! Les tiro pan, a lo mejor se acercan y puedo agarrar alguno, como los osos, a manotazo limpio.
Suerte que paró de llover, ahora el sol me secará... ¡Pero si había dejado la caña al lado mío!, junto a la silla... ¿Dónde estará?
¡Caramba!, Hay una taza sobre la mesa, ¡Bah!..., ¡Está vacía!..., ¡Con la sed que tengo! Ojalá lloviera un poco, así junto para tomar algo. Pero no creo que pueda llover con este sol ¡Y sin nubes!
…¡Pero! …¡Con este sol llueve! ¿Dónde se ha visto llover sin nubes? Además, con tanta agua, los campos se van a inundar. Si llega hasta aquí el mar, de seguro que Buenos Aires, Santa Fe y todo el litoral habrá desaparecido. Como decía tía Dora, que como profesora de geografía algo sabía. “Con el efecto invernadero los polos se derretirán y el agua subirá hasta Córdoba”... Entonces... ¡Ahora somos ahora una ciudad marítima!… En una de esas, Hugo viene a verme con su barco… ¿Cómo se llamaba?,… Lo tengo en la punta de la lengua, ¡Ha!, Ya me acuerdo,… ¡El General Belgrano!
¿Cómo no traje el paraguas? Con tanta agua me ha bajado hambre. No me han dejado ni un pan. Y no veo mis zapatos, ¿Se los habrá llevado el agua?
¡Hoopa! Paró de llover, ¡Qué lástima!, Tengo sed, podría haber juntado…, por aquí había una taza, ¡Oh, qué pena!…La dejaron boca abajo, podría haber recogido un poco de lluvia.
¡Hey! ¿Qué es eso? Parece un ángel que camina sobre las aguas.
Diría que me hace señas, ¿Qué querrá?, ¿Qué yo lo siga?, ¡Está loco!, ¡Ni pienso seguirlo!
¡Me cayó una gota!, ¡¡Llueve!! ¡Llueve con sol! ¡Para que paguen los tramposos! Ja, creo que ni así pagan.
Caramba, está corriendo el ángel. ¡Le tiene miedo a la lluvia! Podrá caminar sobre las aguas, pero si se moja, se hunde… Como se hundió mi hijo... Por allí tengo la medalla que me dieron por él.
El ángel ahora gesticula como loco, ¿Se estará ahogando?
¡Paró de llover! ¿Y el ángel?…, ahí vuelve y con otros, ¡Vamos!… Si no estoy tan gordo. Desde que perdí mis dientes, sólo como pescado, ¡Ah! Ahora me acuerdo que vine a pescar, pero no sé dónde está mi caña.
—Hola abuelo. —Saludó el enfermero al anciano,
— Hola, ¿Cómo están las cosas por el paraíso? –interrogó el anciano
— ¡Vengan, ayúdenme a moverlo! —gritó el enfermero a sus compañeros— que esta silla de ruedas está trabada, —masculló cuando se acercaron— quisiera saber ¿Quién fue el imbécil que lo dejó cuando prendieron los regadores?
— Espero no se pesque una pulmonía —se preocupó otro enfermero.
— ¡No!, ¡si no pude pescar nada!. Me olvidé la caña, ¿No la han visto? Yo sólo puedo comer pescado. —aclaró el anciano

Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: CABEZA DE ANCIANO cuadro de Paul Cesanne

16 octubre 2009

cuento Ivanio


Ivanio Lagunalarga


Don Lagunalarga era muy apreciado por los lugareños de ese pueblito perdido en las sierras cordobesas, que adquirió notoriedad por los hechos allí acaecidos no hace mucho, y que trataré de narrar con la mayor fidelidad posible...
Se puede decir, sin faltar a la verdad, que Don Lagunalarga fue el padre de los acontecimientos que conmovieron a dicha comunidad, y que sin duda estos permanecerán en la memoria histórica del lugar.
Don Lagunalarga tuvo cinco hijos, cuatro de ellos normales y el del medio resultó todo un suceso desde su nacimiento.
Doña Amparo, su esposa, sufrió como nunca con ese embarazo, se alargó de más, y se fue al hospital pues no había miras de que se produjera la aparición. Le hicieron análisis, ecografías, y por último llegaron a la conclusión de que: ¡había que esperar!
Le administraron toda clase de remedios e incluso una curandera, consultada por los familiares, puso cabeza abajo un santo y amenazó con no enderezarlo hasta que alumbrara.
Al fin, cuando el nonato ya no cupo más dentro de su refugio, dio anuncios de querer salir. En el ínterin dio tantas vueltas que se enrolló el cordón en el cuello, y cuando salió, ¡estaba azul! Lo llevaron rápidamente al médico que dictaminó que estaba muerto.
Desolados buscaron al curita que siempre merodeaba el hospital dando las últimas palabras de aliento a los desahuciados, repartiendo extremaunciones y consuelo a sus allegados. Lo encontraron rezando unas avemarías para la pronta recuperación de la madre de una de las enfermeras y lo llevaron rápidamente a la morgue, donde sobre la mesa de mayólica estaba el cuerpo del angelito.
El sacerdote siempre andaba con los óleos extremautorios, pero ni miras de llevar agua bendita para un bautizo de apuro. Por lo tanto, tomó lo primero que tuvo a mano, en este caso una jarra que uno de los dependientes, un ratito antes había sacado del congelador para prepararse un refresco. La bendijo y preguntó el nombre de la criatura; nadie se acordaba del nombre elegido, por lo que el cura sacó su breviario, lo abrió y puso un dedo al azar y leyó. Tomó la jarra y pronunciando las conocidas palabras, "Yo te bautizo Ivanio en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"; le arrojó el agua helada.
El alarido que pegó Ivanio hizo que la madre, la enfermera y el mismo Don Lagunalarga, casi murieran del susto. No terminaban de santiguarse cada vez que relataban lo sucedido a quienes iban llegando atraídos por el tumulto. En tanto, el curita se arrodilló y con los brazos en alto repetía una y otra vez: "Gracias Padre por el milagro".
Fue así que Iva, como lo llamaba todo el pueblo, llegó a este mundo.
Se desarrolló normalmente, pero el tiempo que estuvo sin respirar no le fue gratis, algunas neuronas se le achicharraron y tuvo algunos inconvenientes, que el tiempo fue mostrando de a poco.
Primero, creyeron que era sordo o sordomudo, pero no, lo que tenia era que la lengua se le trababa, como una cosa con voluntad propia, y no podía dominarla. Consultado el caso se propuso un kinesiólogo.
Sólo se podía experimentar, como el caso excepcional que era, con distintos ejercicios linguales para dominarla: sacarla, guardarla, doblarla decir “brrrrr”, “ajjjjjj” “pruprupru”. Lo malo fue que en uno de esos ejercicios, la lengua, rebelde ella, se enroscó hacia atrás y casi lo asfixia. Por lo que doña Amparo cortó por lo sano y no lo mandó más a esas secciones de tortura.
Por lo demás, el joven creció vivaz con capacidad para las tareas manuales. Con el tiempo desarrolló un semilenguaje propio para comunicarse con el que se dejaba entender; también se ayudaba con golpes: dos, era sí, o sí quiero y tres, no, o no quiero.
Doña Amparo, viendo que le faltaban las luces suficientes para ir a la escuela, se propuso iniciarlo en los rudimentos del lenguaje escrito, donde también tenía dificultades, que compensaba con una habilidad inusitada en las matemáticas.
Como lo tenia todo el día a su lado, de a poco fue adquiriendo las habilidades domésticas necesarias para llevar una casa. Para Amparo representaba la hija que no había tenido. Empezó así, casi sin querer, un día barriendo el patio; otro, aprendió a hacer las camas, se daba maña para lavar la ropa, y lo que más le costó fue aprender a planchar como Dios manda.
Cuando chiquillo, lo mandaban a hacer pequeñas compras con un papelito. El almacenero le gustaba tirarle de la lengua:
- No entiendo que dice acá, che Iva, vas a tener que volver -le decía con sorna.
El pobre muchacho, haciendo montones de gestos para dominar su lengua lograba decir —“hize phan fansés”.
Lo que provocaba la hilaridad de los presentes.
Con el tiempo, se acostumbró a las chanzas e insistencias para que dijera algunas palabras; hasta que se cansaron y solamente le preguntaban cosas cuando llegaba algún extraño al pueblo.
La vida de toda la familia Lagunalarga tuvo un vuelco cuando falleció Doña Amparo. Para esa época, todos sus hijos ya estaban establecidos. El menor, de ayudante en el almacén de ramos generales, el que seguía quedó junto a don Lagunalarga en la herrería, el cuarto estaba de capataz en la estancia La Lomada, y el mayor se puso un puesto de golosinas, revistas y diarios en la estación.
Sólo Iva no tenia ningún trabajo; bueno, ninguno remunerado. Él era el que estaba ahora al frente de la casa con todos sus menesteres. Fue entonces que Don Lagunalarga, los reunió y propuso que dado que el muchacho hacía todas las tareas domesticas, aparte de darle para las compras era justicia darle cada uno una parte de lo que ganaran, para que él fuera teniendo su propio peculio.
Así fue que Iva tuvo una entrada y como era muy frugal en todas sus actividades, sacó una libreta de ahorro y fue depositando en ella el ingreso que recibía del resto de la familia.
Iva sólo tenía un defecto: le gustaba jugar; claro, un peso, dos a lo sumo. La cuestión es que tocado por la inspiración, número que elegía, número que salía; no una vez, sino que en la semana, de tres a cuatro veces acertaba.
Su cuenta de ahorro se fue así incrementando a un nivel, que ni el más optimista podría haber supuesto.
Enterados primero sus hermanos, luego los más cercanos del barrio, la novedad se fue corriendo como las malas noticias.
No faltaron los que se animaron y llegaron hasta la casa de los Lagunalarga y preguntaban con timidez primero, luego con insistencia, -¿No estará don Iva?
Todos le requerían para que les prestara por unos días, una semana, a lo sumo dos. Más adelante, cuando las circunstancias tomaron un cariz más serio, hubo quien le solicitara – “Mire don Iva, necesito levantar la cosecha, cuando la paguen, le daré el diez por ciento”.
Así, sin quererlo, fue el prestamista del pueblo más buscado, pues el bueno de Iva a nadie decía que no; a lo sumo solía amenazar que si no le regresaban su préstamo los iba a buscar hasta después de muerto.
Sin proponérselo, muchas veces, aún haciendo buenas acciones uno, se capta enemigos, que no faltaron tampoco en este caso, pues las aves negras estaban rabiando, viendo que perdían su negocio de préstamos con abusivos intereses.
También estaban los que aprovecharon la oportunidad para hacerse de una casa, que algún desesperado la malvendía para cubrir deudas; o para sembrar y levantar una cosecha entera con la ayuda, que tan generosamente prestaba Iva. Y que si se le lloraba la carta, hasta ni intereses cobraba.
También sus hermanos recurrieron a él cuando necesitaron unos pesos extras y a ellos Iva no les cobraba intereses y ni siquiera les exigía una fecha cierta para su devolución. Eso sí, siempre les decía: —" Hi ho he hlo hevuelven io she hos hobraré hasta hesp-ues he huerto"
Pasaron los años y sólo Iva sabía el monto y quienes le debían pues, llevaba todas las cuentas en su cabeza, y nunca se equivocaba, ni las fechas, ni los montos. Para las matemáticas financieras era mejor que muchos contadores.
Tamaño esfuerzo parece que le quemaron las neuronas que le quedaban hasta agotarlas; lo cierto que un buen día cayó como partido por un rayo. Los galenos dijeron que sufrió un derrame cerebral masivo.
Al diseminarse la noticia, muchos suspiraron aliviados al pensar que sus deudas con Iva estaban condonadas, dado la falta de papeles que avalaran la obligación. Y los usureros se restregaron las manos.
La concurrencia al sepelio fue excepcional, unos por agradecimiento, otros por confirmar si era cierto, otros por alivio, y hasta los familiares directos -quizás lo más favorecidos- no podían evitar un cierto gesto de felicidad en sus rostros.
Cumplido los ritos fúnebres, lo llevaron al campo santo y lo depositaron en los nichos municipales, pues fieles a la tradición, a pesar del dinero ganado, nunca pensaron en sus más allá.
Al día siguiente, doña Filomena, comadre agradecida, que por su ciática no había concurrido a las exequias, fue a llevarle unas flores de su jardín. Terrible susto se llevó, cuando estando acomodando sus rosas oyó nítido y fuerte dos golpes en el nicho. Salió en estampida hasta el cuidador del cementerio; éste, descreído de cuentos de aparecidos y otras historias, no le prestó la menor atención. Diciéndole que a veces ceden las maderas mal estacionadas y hacen ruidos raros: “ya ha pasado con anterioridad, no debe preocuparse”.
“Vieja loca” -pensó el sepulturero, pero por las dudas, llegó hasta el lugar al que miró superficialmente. Ya se disponía a retirarse, cuando tres nítidos y fuertes golpes le hicieron erizar los cabellos de la nuca; sintió sus piernas como un flan, pues por más que quiso, no pudo moverse. ¡Y recordó su deuda con el finado!
La noticia no demoró en cubrir toda la ciudad.
Fueron llamados el juez de paz y el comisario, que junto a una impresionante comisión se apersonó en el cementerio, donde se constató la novedad de los inexplicables golpes.
Llamado de urgencia, llegó con caras de pocos amigos el juez departamental para constatar “per se” de los mencionados hechos. Se labraron las actas de rigor, y el juez, inmediatamente ordenó que se procediera a la exhumación ante la posibilidad de que el finado no fuera tal.
La expectativa cubrió todos los rostros, incluso de los venidos de pueblos aledaños y hasta los de la ciudad, que llegaron con sus medios de comunicación masiva.
Los periodistas se pensaban hacer el súmmum de la broma macabra con los pueblerinos.
Realizada ipso facto la abertura del cajón se comprobó que el cuerpo yacía tal como lo dejaron; no se observaba que hubiera vuelto a la vida, ni que hubiera hecho ningún movimiento. Reposaba con una pálida sonrisa entre los velos y las gasas.
Se mandó a realizar la inhumación.
En ese momento tan solemne, el juez de paz se comedió, se acercó al ya cerrado cajón y casi en tono jaranero, lanzó la admonición -“¡Sí estás vivo da tres golpes!”.
Claro, no sabia el juez que Iva daba tres golpes para decir no.
Los periodistas, con ánimo burlesco, arrimaron los micrófonos al cajón, lo que no me deja mentir en este relato: pues grabaron el “toc, toc, toc”, que pudo escucharse nítidamente y dejaron denudados a los presentes.
Durante los siguientes días, don Lagunalarga comenzó a recibir en su casa a un desfile constante de vecinos, unos traían treinta pesos, otros cincuenta, algunos cien, y hasta hubo quien llevara mil pesos. Daban las condolencias y agradecían la bondad de Iva.
Pero los golpes proseguían.
Fue consultada gente de amplio saber sobre cosas ultraterrenas: curas, nigromantes, manosantas, psiquiatras, psicólogos, y sepultureros. Y se tejieron varias versiones sobre el fenómeno. Y como siguieron produciéndose, los alarmados vecinos concurrieron al intendente, que por intermedio del gobernador, reclamaron la intervención de un juez de la capital provincial, para que intentara dar una solución a la zozobra del pueblo.
Repetida las actuaciones, se mandaron hacer nuevas diligencias y se ordenó judicialmente que el cajón fuera enterrado bajo tierra, para que de producirse nuevos sonidos, estos no molestaran a los deudos, que concurrían al cementerio a saludar a sus muertos.
En tal situación, don Lagunalarga solicitó ver por última vez a su hijo.
Cuando destaparon al féretro, cuál no seria la sorpresa.
¡El muerto tenía señales de haber sido apuñalado veinte, o más veces!
Luis Alberto Guiñazú
Imagen: MUCHACHO BAJO EL ÁRBOL cuadro de Ricci

29 septiembre 2009

cuento 3 días de divertimento






Tres

Días

De

Divertimento

Luego de gozar durante tres días de un sexo loco, después de tantos besos, cigarrillos y vino; tengo la cabeza reventada por la migraña.
Saciado el deseo sentimos ganas de comer, pero no compré lo suficiente. Sólo queda un poco de pizza fría, sobra de la última comida que tuvimos como la gente.
Cenamos en silencio, yo pienso que mañana muy temprano debo ir a trabajar; a luchar con el director.
El muy desgraciado, que parece siempre oler mierda, además de necio, es un incapaz…Y ¡lo nombraron director! ¡Acomodado!, ¡eso era! ¡Mierda!, siempre pensé que hubo algo sucio. ¡Yo merecía ese puesto!
El muy caradura me amarga la vida con sus petulancias.
No me uní al éxodo de otros profesores, por la obra social, que necesito para atender mi migraña, además porque estoy asociado con su cuñado y la razón principal: me tiro a su mujer.
Allí está ella, lo más fresca, arreglándose sus bucles, sonriéndome y dando palmadas sobre el colchón para que prosigamos hasta el amanecer.


Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: A LA MIE cuadro de Toulouse Lautrec