
Pase, que le cuento
- RELATOS,CUENTOS, POEMAS
- Córdoba, Córdoba, Argentina
- LES DOY LA BIENVENIDA A MI PÁGINA, en ella he puesto todo mi cariño a las letras procurando brindar a los que les guste la lectura, mi mayor esfuerzo para poner creaciones que les ofrezcan un grato esparcimiento. Luis Alberto Guiñazú
07 noviembre 2009
A mi Compañera

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27 octubre 2009
El pintor

Al anochecer, mientras la nieve caía suavemente, la reunión discurría distendida ante el cálido hogar pensando en el magnífico pronóstico del día siguiente para esquiar.
Cuando la charla generalizada decayó, dijo alegremente Lucía:
—Pasó un ángel.
—O un espíritu loco –agregó Sebastián.
—A propósito de locos, tengo una anécdota que si ustedes son impresionables, no les aconsejo escucharla —aclaró Isaac— ¿Quieren escucharla?
— ¡Dale! ¡Dale! —dijeron todos
—Esto ocurrió hace ya mucho tiempo, oí contárselo a mi bisabuelo cuando nos visitó acá en Bariloche. Yo, a la sazón tenía ocho años y quedé muy impresionado. Él era el secretario de un hospicio en Oslo —continuó— y por cosas relacionadas con su trabajo trabó conocimiento con muchos orates. De entre ellos se destacó uno: pertenecía a una rica familia, cuya alcurnia podía brindarle algunas prerrogativas. De ese interno, cuyo nombre no viene al caso. —aclaró anticipándose al que se veía quería interrumpirlo— corrían rumores de que había degollado a su familia.
Ante el estremecimiento que sacudió a los concurrentes, continuó relatando:
—Mi bisabuelo no podía asegurar la veracidad de los rumores, lo que sí sabía era que tenía una vigilancia rigurosa por su tendencia suicida.
— ¿Cómo lo conoció entonces? —inquirió una de las jóvenes visiblemente interesada.
—El primer encuentro entre ellos —dijo Isaac, luego de una pausa para tomar un trago del calvados— ocurrió cuando el director le pidió que arbitrara los medios necesarios para cumplir con un pedido del medico tratante: que, de acuerdo con los familiares, le brindarían pinceles, lienzos y todo lo necesario; pues pintaría como terapia.
— ¡Qué bien! , ¡qué civilizados! —fueron los comentarios que interrumpieron el relato.
—Fue así que concurrió a su celda para recabar los elementos que necesitaría —continuó— En la ocasión le preguntó sobre el tipo de pintura que pensaba realizar. Su respuesta lo inquietó: “Haré un arroyo formado por las lágrimas del dios que borrará estas paredes”.
Fue preocupado con la lista al director.
—Pues pensaría que las pinturas podrían ser utilizadas para envenenarse—razonó Lucía—
Quizás, lo importante es que como solución le suministraron témperas —aclaró Isaac— y que así mismo, deberían ser entregados en cuenta gotas, por lo que los encuentros entre mi bisabuelo y el loco fueron frecuentes. Pudo así observar los avances en los diseños y tener breves conversaciones.
—La terapia pictórica dio estupendos resultados —respondió a la inquietud de Roberto, y prosiguió— al paciente lo autorizaron a realizar sus obras al aire libre, allí lo encontró un día al llevarle más pinturas.
— ¿Qué pintaba al aire libre? —interrumpió Lucía.
—Pintaba un pino blanco muy esbelto, a cuyo pie había un macizo de rosas, —contestó el bisnieto y siguió narrando— Cuando mi bisabuelo le preguntó extrañado por qué sólo pintaba el árbol, le contestó que quería sacar de ese lugar al rosal para dejar solo al pino.
—En el siguiente encuentro estaba retratando a un anciano borrachín que veía visiones de arañas y otros bichos —continuó tras sorber otro poco del calvados— a mi bisabuelo le contó, que con sus gritos no le dejaba dormir. Por lo bajo le dijo, que estaba trabajando para hacerlo callar.
—Cuando un tiempo después, al pasar por el parque vio al pino blanco, pero no al rosal, supuso que el jardinero lo habría extraído;
La tensión del momento se vio patente cuando una silla rechinó: el ocupante se había inclinado para tomar su copa, lo que hizo que algunos de los presentes dieran un respingo; luego de la pausa impuesta por el chirrido de la silla siguió narrando:— después se enteró que el borrachín había sufrido una obstrucción de sus vías respiratorias y, cuando le practicaron una traqueotomía de urgencia…, ¡le cortaron las cuerdas vocales!
El silencio que siguió a esta declaración se remarcó en las miradas entrecruzadas de los asistentes, cuyas pieles se les habían erizado.
— Así que en una de sus últimas reuniones con el pintor, —prosiguió contando— éste le afirmó que se iba a ir de ese lugar de locos y no pensaba regresar más.
— Mi bisabuelo lo tomó con escepticismo, pero comenzó a espiar los diseños realizados por aquel orate, que día tras día trazaba y destruía su autorretrato. —Estiró el suspenso mientras se refrescó la garganta con su bebida— al principio se retrataba en su habitación, luego en el parque, como no estaba conforme, le pidió una postal a mi bisabuelo, que le llevó una donde se veía el puente sobre el Glomma. Poco tiempo después, cuando fue a llevarle una nueva remesa de colores y pinceles se encontró con la novedad de que el pintor había desaparecido: en su acolchada habitación sólo había quedado el último autorretrato ambientado en el puente.
— ¿Y qué pasó? –dijo una de las muchachas que hacia rato que se removía inquieta en su asiento.
— El bisabuelo contó que nunca lo encontraron; además, el cuadro que los familiares se llevaron se volvió famoso. Salió en todos los diarios cuando lo robaron de un museo, le habían puesto de nombre “Desesperación” y le pidieron a un pintor desconocido que lo firmara, quien le cambió el nombre por el de “El Alarido”
De pronto, la puerta del hostal se abrió y penetró un hombrecito pequeño llevando bajo su brazo un lienzo, un caballete desmontable y un valijín con sus trebejos de pintor.
— ¡Qué hermosa reunión!, me gustaría plasmarla en un cuadro –exclamó el sujeto.
Todos a un tiempo dieron banales excusas para retirarse a sus aposentos.
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24 octubre 2009
El Olvido

EL OLVIDO
¡Hey! …¡Me mojo!… ¡Está lloviendo!… ¡Caramba!, Me quedé dormido.
Es extraño, el sol brilla. Y no veo nubes. Lástima que no me traje un paraguas o un sombrero; como ese lindo sombrero impermeable que me sirve tanto para la lluvia como para el sol, que me lo regaló Hugo.
¡Huguito!…Hace ya mucho que no lo veo. Claro él siempre quiso ser marinero; decía: “recorrer el mundo”, él decía…, decía,…”los siete mares”,… ¡No! ¡Ha!, ¡sí, eso decía! : “me gustaría recorrer los siete mares del mundo”
¡Vaya!… ¡Paró de llover!, será mejor que busque refugio, no sea que siga lloviendo, ¿Dónde habré dejado mis zapatos?
¡Hey!. Esta mesa es muy pesada para correrla… No hay caso, no la puedo correr.
¡Oh! Parece que alguien olvidó su merienda, esta taza está casi llena. ¿Qué será?..., Es té y… frío, mejor lo tiro... ¡Vaya a saber de quién es!
¡Caray!, ¡Llueve!, Debí traerme un paraguas, con tanta agua pronto me van a salir escamas como a los peces. ¡Ah, ya me acuerdo a qué vine! ¡Vine a pescar!... Claro, si lo único que puedo comer es pescado... Con la dentadura que me hicieron... , y ahora que me doy cuenta ¡No veo mi caña! ¿Será que justo picaron cuando me quedé dormido y arrastraron la caña al agua?, y ahora, ¿cómo pesco? Sobre esta mesa alguien dejó un pedazo de pan, podría tirarles pan. ¡Eso es! Les tiro pan, a lo mejor se acercan y puedo agarrar alguno, como los osos, a manotazo limpio.
Suerte que paró de llover, ahora el sol me secará... ¡Pero si había dejado la caña al lado mío!, junto a la silla... ¿Dónde estará?
¡Caramba!, Hay una taza sobre la mesa, ¡Bah!..., ¡Está vacía!..., ¡Con la sed que tengo! Ojalá lloviera un poco, así junto para tomar algo. Pero no creo que pueda llover con este sol ¡Y sin nubes!
…¡Pero! …¡Con este sol llueve! ¿Dónde se ha visto llover sin nubes? Además, con tanta agua, los campos se van a inundar. Si llega hasta aquí el mar, de seguro que Buenos Aires, Santa Fe y todo el litoral habrá desaparecido. Como decía tía Dora, que como profesora de geografía algo sabía. “Con el efecto invernadero los polos se derretirán y el agua subirá hasta Córdoba”... Entonces... ¡Ahora somos ahora una ciudad marítima!… En una de esas, Hugo viene a verme con su barco… ¿Cómo se llamaba?,… Lo tengo en la punta de la lengua, ¡Ha!, Ya me acuerdo,… ¡El General Belgrano!
¿Cómo no traje el paraguas? Con tanta agua me ha bajado hambre. No me han dejado ni un pan. Y no veo mis zapatos, ¿Se los habrá llevado el agua?
¡Hoopa! Paró de llover, ¡Qué lástima!, Tengo sed, podría haber juntado…, por aquí había una taza, ¡Oh, qué pena!…La dejaron boca abajo, podría haber recogido un poco de lluvia.
¡Hey! ¿Qué es eso? Parece un ángel que camina sobre las aguas.
Diría que me hace señas, ¿Qué querrá?, ¿Qué yo lo siga?, ¡Está loco!, ¡Ni pienso seguirlo!
¡Me cayó una gota!, ¡¡Llueve!! ¡Llueve con sol! ¡Para que paguen los tramposos! Ja, creo que ni así pagan.
Caramba, está corriendo el ángel. ¡Le tiene miedo a la lluvia! Podrá caminar sobre las aguas, pero si se moja, se hunde… Como se hundió mi hijo... Por allí tengo la medalla que me dieron por él.
El ángel ahora gesticula como loco, ¿Se estará ahogando?
¡Paró de llover! ¿Y el ángel?…, ahí vuelve y con otros, ¡Vamos!… Si no estoy tan gordo. Desde que perdí mis dientes, sólo como pescado, ¡Ah! Ahora me acuerdo que vine a pescar, pero no sé dónde está mi caña.
—Hola abuelo. —Saludó el enfermero al anciano,
— Hola, ¿Cómo están las cosas por el paraíso? –interrogó el anciano
— ¡Vengan, ayúdenme a moverlo! —gritó el enfermero a sus compañeros— que esta silla de ruedas está trabada, —masculló cuando se acercaron— quisiera saber ¿Quién fue el imbécil que lo dejó cuando prendieron los regadores?
— Espero no se pesque una pulmonía —se preocupó otro enfermero.
— ¡No!, ¡si no pude pescar nada!. Me olvidé la caña, ¿No la han visto? Yo sólo puedo comer pescado. —aclaró el anciano
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: CABEZA DE ANCIANO cuadro de Paul Cesanne
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16 octubre 2009
cuento Ivanio

Don Lagunalarga era muy apreciado por los lugareños de ese pueblito perdido en las sierras cordobesas, que adquirió notoriedad por los hechos allí acaecidos no hace mucho, y que trataré de narrar con la mayor fidelidad posible...
Se puede decir, sin faltar a la verdad, que Don Lagunalarga fue el padre de los acontecimientos que conmovieron a dicha comunidad, y que sin duda estos permanecerán en la memoria histórica del lugar.
Don Lagunalarga tuvo cinco hijos, cuatro de ellos normales y el del medio resultó todo un suceso desde su nacimiento.
Doña Amparo, su esposa, sufrió como nunca con ese embarazo, se alargó de más, y se fue al hospital pues no había miras de que se produjera la aparición. Le hicieron análisis, ecografías, y por último llegaron a la conclusión de que: ¡había que esperar!
Le administraron toda clase de remedios e incluso una curandera, consultada por los familiares, puso cabeza abajo un santo y amenazó con no enderezarlo hasta que alumbrara.
Al fin, cuando el nonato ya no cupo más dentro de su refugio, dio anuncios de querer salir. En el ínterin dio tantas vueltas que se enrolló el cordón en el cuello, y cuando salió, ¡estaba azul! Lo llevaron rápidamente al médico que dictaminó que estaba muerto.
Desolados buscaron al curita que siempre merodeaba el hospital dando las últimas palabras de aliento a los desahuciados, repartiendo extremaunciones y consuelo a sus allegados. Lo encontraron rezando unas avemarías para la pronta recuperación de la madre de una de las enfermeras y lo llevaron rápidamente a la morgue, donde sobre la mesa de mayólica estaba el cuerpo del angelito.
El sacerdote siempre andaba con los óleos extremautorios, pero ni miras de llevar agua bendita para un bautizo de apuro. Por lo tanto, tomó lo primero que tuvo a mano, en este caso una jarra que uno de los dependientes, un ratito antes había sacado del congelador para prepararse un refresco. La bendijo y preguntó el nombre de la criatura; nadie se acordaba del nombre elegido, por lo que el cura sacó su breviario, lo abrió y puso un dedo al azar y leyó. Tomó la jarra y pronunciando las conocidas palabras, "Yo te bautizo Ivanio en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"; le arrojó el agua helada.
El alarido que pegó Ivanio hizo que la madre, la enfermera y el mismo Don Lagunalarga, casi murieran del susto. No terminaban de santiguarse cada vez que relataban lo sucedido a quienes iban llegando atraídos por el tumulto. En tanto, el curita se arrodilló y con los brazos en alto repetía una y otra vez: "Gracias Padre por el milagro".
Fue así que Iva, como lo llamaba todo el pueblo, llegó a este mundo.
Se desarrolló normalmente, pero el tiempo que estuvo sin respirar no le fue gratis, algunas neuronas se le achicharraron y tuvo algunos inconvenientes, que el tiempo fue mostrando de a poco.
Primero, creyeron que era sordo o sordomudo, pero no, lo que tenia era que la lengua se le trababa, como una cosa con voluntad propia, y no podía dominarla. Consultado el caso se propuso un kinesiólogo.
Sólo se podía experimentar, como el caso excepcional que era, con distintos ejercicios linguales para dominarla: sacarla, guardarla, doblarla decir “brrrrr”, “ajjjjjj” “pruprupru”. Lo malo fue que en uno de esos ejercicios, la lengua, rebelde ella, se enroscó hacia atrás y casi lo asfixia. Por lo que doña Amparo cortó por lo sano y no lo mandó más a esas secciones de tortura.
Por lo demás, el joven creció vivaz con capacidad para las tareas manuales. Con el tiempo desarrolló un semilenguaje propio para comunicarse con el que se dejaba entender; también se ayudaba con golpes: dos, era sí, o sí quiero y tres, no, o no quiero.
Doña Amparo, viendo que le faltaban las luces suficientes para ir a la escuela, se propuso iniciarlo en los rudimentos del lenguaje escrito, donde también tenía dificultades, que compensaba con una habilidad inusitada en las matemáticas.
Como lo tenia todo el día a su lado, de a poco fue adquiriendo las habilidades domésticas necesarias para llevar una casa. Para Amparo representaba la hija que no había tenido. Empezó así, casi sin querer, un día barriendo el patio; otro, aprendió a hacer las camas, se daba maña para lavar la ropa, y lo que más le costó fue aprender a planchar como Dios manda.
Cuando chiquillo, lo mandaban a hacer pequeñas compras con un papelito. El almacenero le gustaba tirarle de la lengua:
- No entiendo que dice acá, che Iva, vas a tener que volver -le decía con sorna.
El pobre muchacho, haciendo montones de gestos para dominar su lengua lograba decir —“hize phan fansés”.
Lo que provocaba la hilaridad de los presentes.
Con el tiempo, se acostumbró a las chanzas e insistencias para que dijera algunas palabras; hasta que se cansaron y solamente le preguntaban cosas cuando llegaba algún extraño al pueblo.
La vida de toda la familia Lagunalarga tuvo un vuelco cuando falleció Doña Amparo. Para esa época, todos sus hijos ya estaban establecidos. El menor, de ayudante en el almacén de ramos generales, el que seguía quedó junto a don Lagunalarga en la herrería, el cuarto estaba de capataz en la estancia La Lomada, y el mayor se puso un puesto de golosinas, revistas y diarios en la estación.
Sólo Iva no tenia ningún trabajo; bueno, ninguno remunerado. Él era el que estaba ahora al frente de la casa con todos sus menesteres. Fue entonces que Don Lagunalarga, los reunió y propuso que dado que el muchacho hacía todas las tareas domesticas, aparte de darle para las compras era justicia darle cada uno una parte de lo que ganaran, para que él fuera teniendo su propio peculio.
Así fue que Iva tuvo una entrada y como era muy frugal en todas sus actividades, sacó una libreta de ahorro y fue depositando en ella el ingreso que recibía del resto de la familia.
Iva sólo tenía un defecto: le gustaba jugar; claro, un peso, dos a lo sumo. La cuestión es que tocado por la inspiración, número que elegía, número que salía; no una vez, sino que en la semana, de tres a cuatro veces acertaba.
Su cuenta de ahorro se fue así incrementando a un nivel, que ni el más optimista podría haber supuesto.
Enterados primero sus hermanos, luego los más cercanos del barrio, la novedad se fue corriendo como las malas noticias.
No faltaron los que se animaron y llegaron hasta la casa de los Lagunalarga y preguntaban con timidez primero, luego con insistencia, -¿No estará don Iva?
Todos le requerían para que les prestara por unos días, una semana, a lo sumo dos. Más adelante, cuando las circunstancias tomaron un cariz más serio, hubo quien le solicitara – “Mire don Iva, necesito levantar la cosecha, cuando la paguen, le daré el diez por ciento”.
Así, sin quererlo, fue el prestamista del pueblo más buscado, pues el bueno de Iva a nadie decía que no; a lo sumo solía amenazar que si no le regresaban su préstamo los iba a buscar hasta después de muerto.
Sin proponérselo, muchas veces, aún haciendo buenas acciones uno, se capta enemigos, que no faltaron tampoco en este caso, pues las aves negras estaban rabiando, viendo que perdían su negocio de préstamos con abusivos intereses.
También estaban los que aprovecharon la oportunidad para hacerse de una casa, que algún desesperado la malvendía para cubrir deudas; o para sembrar y levantar una cosecha entera con la ayuda, que tan generosamente prestaba Iva. Y que si se le lloraba la carta, hasta ni intereses cobraba.
También sus hermanos recurrieron a él cuando necesitaron unos pesos extras y a ellos Iva no les cobraba intereses y ni siquiera les exigía una fecha cierta para su devolución. Eso sí, siempre les decía: —" Hi ho he hlo hevuelven io she hos hobraré hasta hesp-ues he huerto"
Pasaron los años y sólo Iva sabía el monto y quienes le debían pues, llevaba todas las cuentas en su cabeza, y nunca se equivocaba, ni las fechas, ni los montos. Para las matemáticas financieras era mejor que muchos contadores.
Tamaño esfuerzo parece que le quemaron las neuronas que le quedaban hasta agotarlas; lo cierto que un buen día cayó como partido por un rayo. Los galenos dijeron que sufrió un derrame cerebral masivo.
Al diseminarse la noticia, muchos suspiraron aliviados al pensar que sus deudas con Iva estaban condonadas, dado la falta de papeles que avalaran la obligación. Y los usureros se restregaron las manos.
La concurrencia al sepelio fue excepcional, unos por agradecimiento, otros por confirmar si era cierto, otros por alivio, y hasta los familiares directos -quizás lo más favorecidos- no podían evitar un cierto gesto de felicidad en sus rostros.
Cumplido los ritos fúnebres, lo llevaron al campo santo y lo depositaron en los nichos municipales, pues fieles a la tradición, a pesar del dinero ganado, nunca pensaron en sus más allá.
Al día siguiente, doña Filomena, comadre agradecida, que por su ciática no había concurrido a las exequias, fue a llevarle unas flores de su jardín. Terrible susto se llevó, cuando estando acomodando sus rosas oyó nítido y fuerte dos golpes en el nicho. Salió en estampida hasta el cuidador del cementerio; éste, descreído de cuentos de aparecidos y otras historias, no le prestó la menor atención. Diciéndole que a veces ceden las maderas mal estacionadas y hacen ruidos raros: “ya ha pasado con anterioridad, no debe preocuparse”.
“Vieja loca” -pensó el sepulturero, pero por las dudas, llegó hasta el lugar al que miró superficialmente. Ya se disponía a retirarse, cuando tres nítidos y fuertes golpes le hicieron erizar los cabellos de la nuca; sintió sus piernas como un flan, pues por más que quiso, no pudo moverse. ¡Y recordó su deuda con el finado!
La noticia no demoró en cubrir toda la ciudad.
Fueron llamados el juez de paz y el comisario, que junto a una impresionante comisión se apersonó en el cementerio, donde se constató la novedad de los inexplicables golpes.
Llamado de urgencia, llegó con caras de pocos amigos el juez departamental para constatar “per se” de los mencionados hechos. Se labraron las actas de rigor, y el juez, inmediatamente ordenó que se procediera a la exhumación ante la posibilidad de que el finado no fuera tal.
La expectativa cubrió todos los rostros, incluso de los venidos de pueblos aledaños y hasta los de la ciudad, que llegaron con sus medios de comunicación masiva.
Los periodistas se pensaban hacer el súmmum de la broma macabra con los pueblerinos.
Realizada ipso facto la abertura del cajón se comprobó que el cuerpo yacía tal como lo dejaron; no se observaba que hubiera vuelto a la vida, ni que hubiera hecho ningún movimiento. Reposaba con una pálida sonrisa entre los velos y las gasas.
Se mandó a realizar la inhumación.
En ese momento tan solemne, el juez de paz se comedió, se acercó al ya cerrado cajón y casi en tono jaranero, lanzó la admonición -“¡Sí estás vivo da tres golpes!”.
Claro, no sabia el juez que Iva daba tres golpes para decir no.
Los periodistas, con ánimo burlesco, arrimaron los micrófonos al cajón, lo que no me deja mentir en este relato: pues grabaron el “toc, toc, toc”, que pudo escucharse nítidamente y dejaron denudados a los presentes.
Durante los siguientes días, don Lagunalarga comenzó a recibir en su casa a un desfile constante de vecinos, unos traían treinta pesos, otros cincuenta, algunos cien, y hasta hubo quien llevara mil pesos. Daban las condolencias y agradecían la bondad de Iva.
Pero los golpes proseguían.
Fue consultada gente de amplio saber sobre cosas ultraterrenas: curas, nigromantes, manosantas, psiquiatras, psicólogos, y sepultureros. Y se tejieron varias versiones sobre el fenómeno. Y como siguieron produciéndose, los alarmados vecinos concurrieron al intendente, que por intermedio del gobernador, reclamaron la intervención de un juez de la capital provincial, para que intentara dar una solución a la zozobra del pueblo.
Repetida las actuaciones, se mandaron hacer nuevas diligencias y se ordenó judicialmente que el cajón fuera enterrado bajo tierra, para que de producirse nuevos sonidos, estos no molestaran a los deudos, que concurrían al cementerio a saludar a sus muertos.
En tal situación, don Lagunalarga solicitó ver por última vez a su hijo.
Cuando destaparon al féretro, cuál no seria la sorpresa.
¡El muerto tenía señales de haber sido apuñalado veinte, o más veces!
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29 septiembre 2009
cuento 3 días de divertimento
Tres
Días
De
Divertimento
Luego de gozar durante tres días de un sexo loco, después de tantos besos, cigarrillos y vino; tengo la cabeza reventada por la migraña.
Saciado el deseo sentimos ganas de comer, pero no compré lo suficiente. Sólo queda un poco de pizza fría, sobra de la última comida que tuvimos como la gente.
Cenamos en silencio, yo pienso que mañana muy temprano debo ir a trabajar; a luchar con el director.
El muy desgraciado, que parece siempre oler mierda, además de necio, es un incapaz…Y ¡lo nombraron director! ¡Acomodado!, ¡eso era! ¡Mierda!, siempre pensé que hubo algo sucio. ¡Yo merecía ese puesto!
El muy caradura me amarga la vida con sus petulancias.
No me uní al éxodo de otros profesores, por la obra social, que necesito para atender mi migraña, además porque estoy asociado con su cuñado y la razón principal: me tiro a su mujer.
Allí está ella, lo más fresca, arreglándose sus bucles, sonriéndome y dando palmadas sobre el colchón para que prosigamos hasta el amanecer.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: A LA MIE cuadro de Toulouse Lautrec
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21 septiembre 2009
microcuento: La decisión

La Decisión
El mar encrespado desplaza la neblina hacia el seminarista, que marcha abrumado por la arena. Va sumido en tomar la decisión que marca para siempre la vida.
La mente se debate en interna lucha entre su adoración a Cristo, para ello ora con fervor, y aquella dulce vecina, que lleva su pensamiento a la lejana aldea.
Ella, la de los ojos verdes, la que por las tardes solía tomar el té en el vergel de su patio, ¡frente a su ventana! La que con la mirada parecía decirle: ¡ámame!
Vuelve a rezar, en el amén final, decide postergar sus votos monásticos. Es que, al levantar su breviario para besarlo, cae de él la estampita que ella le regalara, cuando juntos hicieron la Primera Comunión. En el reverso, lee emocionado lo que ella escribió con menuda letra infantil: “te quiero”. Recuerda al mismo tiempo que estampó sobre esas letras su inmaculada boca de niña mirándolo a los ojos.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: NIÑA CON REGADERA cuadro de Auguste Renoir
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cuento: Comunicación Telefónica

—No, no te perdiste nada…Te cuento: en la hora de Geografía vino a hablarnos sobre educación sexual un tío que es un energúmeno. …
—Sí…, como si una no conociera todo eso. ¡Desde los doce que me llevan al ginecólogo!…
—Bueno, ¡pará, que te cuento!, nos dio charla y charla, y se fue para el lado de la teología, la ética y…
—……
—No, de los condones no habló…
— ¿Y qué más?, lo más triste fue para todas, que perdimos la clase siguiente…
—Sí, la del bombón de Ecología…
—Sí, el que usa coleta, ¡es todo un gótico! ¿Viste? Se comenta que pertenece a Greenpeace…
—Y sí, todos saltamos de contentos cuando la campana nos salvó de ese plomo que elogiaba la abstinencia hasta el casamiento…
—El día no terminó para mí con sus males. Cuando llegué a casa, mi má tenía turno con el médico y me estaba esperando para irse…
—La cosa es que tuve que entrar en la cocina. ¡En la cocina! Mi hermanito estaba como loco, porque sólo había para comer verduras y puchero, y él piensa que soy su cocinera para hacerle comiditas especiales…
—Y yo que no me puedo sacar de la cabeza al profe de Ecología. Te cuento sólo para vos, tengo un tremendo “ligón” con él. A él sí le prepararía los mejores manjares para tenerlo siempre contento. Má dice que para los hombres: panza llena, corazón contento…
—Bueno, también…, no importa…, total no creo que me vaya a dar bolilla…
—Para poner fin al lío que se armó por la comida intervino el viejo, que dejó el
diario hecho un rollito, y ya conocemos el uso que le da cuando no se lo dejamos leer. Desde que tiene la gota está inaguantable de irascible. Yo calladita, puse todo a hervir y que se las arreglen, pues para mí tengo guardado en la heladera un pote de yogur; me dijo Cecilia que a ella, con esa dieta, le fue de maravillas…— ¡Huy!…Te corto, porque estoy sintiendo un olorcito raro que si se me quema la comida estos angurrientos me van a querer matar, chau, bay, bay
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cuento: El Pez

Una singular familia se aposentó en la playa más alejada, donde los sonidos de la estridente música del bar llegaban apagados.
Esta familia estaba compuesta por una mujer, su compañero y sus tres hijos.
Los hermanos mayores llevaron al más joven hasta el refluir de las aguas haciéndole “sillita de oro”. Éste se agitaba, sacudiendo brazos y piernas, no quería que lo adentraran al Océano. Los fornidos muchachos se internaron en el mar hasta la cintura, las olas al romper les llegaban hasta el cuello. Pasaron así largo tiempo hasta que uno de ellos dio signos de cansancio.
El hermano menor se agitó convulsivamente, se negaba partir, pero no tuvo más remedio que emprender la retirada. Le van diciendo palabras reconfortantes, lo termina de convencer la promesa de darle las golosinas llevadas y ahora es él el que los azuzó para que apuraran el regreso.
Lo acomodaron en una silla de playa, le recogieron las piernas bajo sus nalgas y le dieron una caja de plástico con unas grandes letras de imprenta con la que rudimentariamente le enseñaban el alfabeto. Comenzó entonces a lanzar un sonsonete monocorde, mientras agitaba violentamente sin cesar el estuche, hasta que le dieron las prometidas golosinas.
Los escasos vecinos, los miraban disimuladamente, para luego seguir con sus ocupaciones, son los niños los que más demoraron en retomar a sus juegos playeros.
La mujer, de rostro huesudo, al que el sol ha transformado en un pergamino arrugado, acomodó con un gesto que pretende ser una caricia el rubio cabello del joven que el agua había desacomodado. Al reclinarse la boca de la malla dejó ver con holgura el nacimiento de unos pechos mustios y laxos, su flacura extrema hace que su edad sea indefinible.
El hombre, que con canosa barba candado leía indiferente, las noticias en su periódico, completaba el grupo.
Al atardecer, cuando las pocas nubes se iban tornando del rosado al púrpura, atracaron en un precario embarcadero cercano unas barcas de pesca.
Pasaron los pescadores con su carga del día; detrás marchaba un robusto mocetón que llevaba tambaleante un pequeño tiburón de algo más de un metro de largo.
El joven impedido, al verlo, incrementó su agitación; un líquido amarillo se escurrió desde su silla a la arena, el aumento de sus movimientos fueron tales que perdió la estabilidad, yendo a dar con su humanidad sobre sus propios orines.
Sus familiares corrieron a sostenerlo y levantarlo, quedando petrificados cuando el joven once añero, sumido en medio de sus movimientos disléxicos dijo, en forma clara y audible para todos:- “¡El pez!, ¡el pez!”
Por primera vez, luego de cinco años, coordinaba sonidos entendibles que expresaron el pavor que le produzco ver al culpable de su estado
Luis Alberto Guiñazú
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15 septiembre 2009
cuento:Intrucciones para hacer una paloma

El editor me llamó para pedirme que escribiera un artículo para hacer una paloma.
Como novato que era, me llenó de satisfacción, pero a la vez me quedé helado, para no dar a conocer mi ignorancia, le dije: —“Cómo no, pero necesito unos días”.
A lo que me contestó muy amablemente, con un, —“Tómese todo el tiempo que quiera, siempre que esté listo para pasado mañana”…
¿Soy acaso Dios? ¿Cómo dar instrucciones para crear un bicho cualquiera? Ni un gusano, ni una bacteria.
Todo debe tener una explicación que por mi incultura se me está escapando.
Recurrí a la enciclopedia y encontré que además de la conocida ave y sus genotipos, dicha palabra también designa “a una constelación de estrellas entre El Can Mayor Y Erídano”, por supuesto deseché en el acto que esta fuera la instrucción que me pedían.
También es llamada con esta palabra “a personas de genio apacible y quieto, a partidarios de la paz a toda costa; o con actitudes conciliatorias”. En estos casos, crearlo debería ser un Dios muy milagroso, con los tiempos que corren.
Proseguí mi investigación y di con que recibe este nombre: “las ondas espumosas que se forman en el mar cuando empieza a soplar el viento fresco”. Me pregunto por qué tiene que ser fresco. Pero en este punto son concordantes las bibliografías consultadas y por otro lado, no tengo la menor idea cómo crearlas sin mar ni viento fresco.
Otra definición designa paloma “a la parte media o cruz de la verga entre los galápagos, en la cual se fijan los cuadernales o motores de la drizas”. ¡Cáspita! Ni en mil años podría dar instrucciones para construir tal cosa, a menos que me pusiera a estudiar marinería y aún así pasarían montones de años antes de poder hacerlo.
Menos dramáticas son aquellas que especificaban como paloma “a una amarra que se lanza desde una embarcación para unirla a la playa”, o aquella que dice que es “un antiguo cuello de camisa de forma particular”, también “un grano de maíz tostado”. Tampoco creo que sean estos los casos en los que debiera indicar cómo se hacen.
Siguiendo la indagación me encontré con esclarecimientos que se relacionaba con regionalismos, en estos casos, unos hacen referencia a un baile, otros a una camiseta, a una cometa cuadrada, a una canción típica; a una modalidad en el baile de cambiar parejas. También es llamado así el lavado de pequeña cantidad de ropa, o designa a una persona inocente (yo le diría de otra manera), a la que se le gana fácilmente en el juego.
Por último, descubrí a que figura una bebida alcohólica. ¡Por fin una mención de algo que sí conozco al dedillo! :”Desígnase a una bebida compuesta por agua y aguardiente anisado”.
Recurrí a mi amigo de la barra del club Progreso, él conoce todas las mezclas de cocteles.
Luego de varias pruebas, llegamos a que la mejor manera de preparar dicho brebaje, es tener agua de procedencia volcánica -no por un capricho- sino que la acidez del sulfuro le da un sabor turbador. Se deja macerar en esta agua durante tres días los granos de anís -que debe ser sí o sí, turco-. Mezclar en seguida por partes iguales con la ginebra.
Por precaución, le agregamos en la base del vaso una pastilla de “Alcaselser”¹ que además, le presta su burbujeo, que a la presentación le da un aspecto estimulante, protege de la resaca y le saca el exceso de acidez…
El disgusto del editor cuando le llevé la reseña con el artículo no lo comprendí, cuando sobre todo, lo he probado y me pareció de maravillas.
Recién lo entendí cuando me enteré, que en la jerga, hacer una paloma, era escribir un artículo que a nadie le interesará, pero rellena un espacio en blanco en la hoja del diario.
1 Alcaseser =una pastilla efervescente y antiácida
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31 agosto 2009
historia de hospitales

Los pacientes que esperan en los pasillos del sanatorio se estrechan contra las paredes. El vertiginoso avance de la pacifica doctora Beatriz Rosate por el angosto pasillo es lo que crea la conmoción.
Normalmente da pasitos breves por sus cortas y regordetas piernas, en la ocasión su andar parece el bamboleo de una vieja barca y su desabotonado delantal, que flota por detrás, contribuye a la semejanza.
Pasa agitando una carpeta llena de papeles.
— ¿Qué es lo que le pasa a la doctora Rosate? —pregunta un reservado profesor a una enfermera
— Ha sido acusada de mala praxis y la dirección le ha dado hasta hoy para hacer su descargo. —Contesta, y señalando al joven encargado de las historias clínicas— Estoy segura que él sabe mucho más del tema.
Picado por la curiosidad el doctor se aproxima al secretario, se entera que gracias al ordenanza, que corrió un pesado armario, encuentran la historia clínica perdida y en ella las observaciones anotadas demuestran la inocencia de la doctora.
El rostro de la doctora Rosate, algo pesado y vacuno y normalmente afable, ahora se muestra desencajado, con los ojos inyectados con sangre.
Ingresa a las dependencias de la dirección. Se dirige a la secretaria con voz entrecortada mientras sigue agitando la historia clínica recientemente hallada.
— ¡Aquí!,.. ¡Aquí!,.. En esta historia yo, de,... de mi puño y letra…, puse que el paciente es alérgico al,... a la,... a la albúmina porcina, y también por lo tanto a la insulina de,... de ese origen
—La señora directora ya la va a atender, ahora está ocupada, por favor tome asiento —Le contesta con voz cantarina la secretaria, y con mirada inexpresiva sigue redactando un informe en la computadora.
Pasado el ímpetu inicial, la doctora Rosate, primero queda estática, luego, cual un globo que de a poco pierde aire, se desliza hasta que sus anchas nalgas abofetearon el piso con un seco chasquido que sobresalta a la secretaria, que alarmada por la situación, pulsa los botones del intercomunicador pidiendo ayuda y quiso levantar la mole desvanecida.
En el estrecho espacio el cuerpo obstruye la llegada del auxilio.
La directora alertada sólo puede abrir la puerta para ver con un solo ojo el espectáculo en su antesala.
— ¡Vaya! —rezonga y dirigiéndose a su secretaria— Llama a servicios, van ha tener que desencajar la puerta.
Tras ardua tarea retiran la puerta y pueden asistir a la descompuesta doctora y a la secretaria, que por la conmoción necesita ser socorrida
Cuando retorna la calma, llaman al personal de limpieza para arreglar el estado en que queda la habitación.
Como es de esperar, mandan al tano José que próximo a jubilarse arrastra su pachorra para tareas como esta.
Reacomoda los muebles, barre las astillas de la puerta destrozada y levanta los desparramados papeles de la historia clínica, pone todo en una bolsa y luego de pensarlo un momento se dice en un suspiro
—Ma si, que tanto, no credo que nessuno va ha reclamare questi leño y questa cartoleria, io lo porto a mia casa , va ha servire para la mia stufa.
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29 agosto 2009

Amanece, la bruma da lugar a las primeras luces. Los pasajeros, irritados, ascienden por la pasarela del avión, toda la noche esperaron la revisación de la nave por la amenaza de una bomba.
En el pueblo vacío un antiguo poblador, devenido en guerrero, inspecciona el que fuera su hogar, lleva en la espalda una antigua bazooka rusa. La morada, clamando al cielo, eleva sus paredes de adobe con los mordiscos de las bombas y los desgarros de la metralla.
Se adivina donde cayeron los cuerpos en el polvoriento piso.
El tiempo, el poderoso motor, que encumbra o arruina negocios. Su presión es muy grande. ¿La opción? : cruzar el territorio en conflicto.
Con unas ramitas y excremento seco, enciende fuego y calienta agua.
Se decide la partida con el arriesgado plan de vuelo. ¿La consigna?: arribar cuanto antes. Significa, para unos, apoderarse del petróleo y del gas, para otros, tomar el control de la zona y para los más, cerrar negocios millonarios.
Despegan y se dirigen a su destino.
Terminado su frugal refrigerio, camina hacia lo que fuera la plaza de los mercaderes. Llega donde se levantaba su tienda. En el lugar están enterrados los ahorros de su familia.
Es pequeño, esmirriado, no llega a los veinte años. En comparación a su talla, el bulto en sus espaldas parece un peso excesivo. Siente ardor en sus ojos. Las lágrimas, hace ya tiempo, se han secado.
Pasadas las primeras turbulencias, el cielo está calmo y sereno. En la cabina del avión, a pesar de cierto nerviosismo, reina el optimismo. Los partes de guerra están en calma.
—Estamos entrando en el espacio aéreo del conflicto. Esté atento —dijo el sereno navegante a su copiloto.
El zumbido lo alerta.
Carga la vieja arma.
Entrecierra los ojos.
Apunta y dispara con todo el rencor; por su hijo, su esposa y sus padres destrozados por las bombas.
— ¡Vi un fulgor!, ¡Nos están disparando! —Exclama el copiloto con voz aguda por la angustia señalando el valle, que como por arte de magia, en medio del desierto, estalla en variados tonos de verde.
Instintivamente, el piloto inclina la aeronave para esquivar el supuesto proyectil y observar el valle.
La nave rechina, cruje, golpea.
— ¡No sea ganso! ¡Cagón!, —grita el comandante— no se ve nada. —y agrega— Además a ese pueblucho lo bombardearon anoche y no debe haber quedado ni una cucaracha.
En un charco de sangre yace el guerrero, junto a su arma explotada, mirando alejarse en el cielo el odiado punto
— ¿Qué hace? —pregunta extrañado el copiloto a su capitán.
La nave gira rápidamente en derechura a la pared montañosa del desfiladero.
— ¡No responde! ¡No responde! —le contesta el angustiado y sudoroso piloto
Cerca de la cola, el timón ha recibido el impacto. Éste resiste algunos momentos, pero al final se quiebra.
Derrama lágrimas de impotencia e ira. Lágrimas que creía ya no tener.
Los borbotones de sangre escapan con su vida.
Se le nubla la vista; ya no ve, pero siente estremecerse la tierra bajo el impacto de la aeronave.
— ¡Alá es grande! — Exclama al tiempo que expira.
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26 agosto 2009
El Gnomo Errante
PRIMERA PARTE
Estaba feliz y contento en su pequeño taller de zapatero. Había caído en gracia con su amada princesa y toda la corte le llevaba sus calzados para que él los reparara.
Esa mañana, un viento fortísimo comenzó a soplar sobre ciudad Topacio; al principio volaron los sombreros y las capas, pero siguió aumentando la fuerza de las ráfagas y los pequeños techos y chimeneas flameaban antes de ser barridas por el viento.
- ¿Qué ocurre? -preguntó la princesa. Y en ese momento, la alfombra, por la que desfilaban los dignatarios a rendirle pleitesía, se sacudió y le dio un tremendo bofetón.
- ¡Ooooh! -Exclamaron los presentes ante semejante irreverencia.
- ¡Secretario mayor! -reclamó airada la princesa- Averiguad inmediatamente que está ocurriendo en mi ciudad
El murmullo de los presentes, en la gran sala de las salutaciones matutinas le acompañó hasta la pequeña salita de los adivinos reales, que ya estaban prevenidos de la preocupación de la amada princesa. Apenas llegó el secretario mayor fue informado que el rey Eolo del Norte estaba en una competencia con el rey Eolo de las Montañas Azules.
La competencia entre vientos sólo podía ser ganada por el que más torres de arena podía mover en el desierto de oro. Lamentablemente, las consecuencias las sufrían los habitantes de ciudad Topacio.
Enterada la princesa, dio inmediata orden de desalojar la ciudad y dirigirse al reino de su hermano, el bienamado rey vitalicio de ciudad Zafiro.
El feliz zapatero, para trabajar sin interrupciones extrañas, había claveteado puertas y ventanas y así, poder dedicarse a las reales zapatillas, conque encerrado, ni se enteró de la orden de desalojo.
De pronto, toda la habitación tembló por la ventisca. Las paredes se soltaron del suelo; como el piso de madera estaba encolado con las paredes, no se soltó, y toda la casilla rodó como una pelota.
Cuando la vieron, el rey de las montañas azules que estaba comenzando a cansarse, le dijo al rey del norte
— ¡Detente! ¡Pongamos punto final a la disputa! El que arroje más lejos de un solo soplido a esa pelota de cuero, ¡Ganará!
El rey del norte, que ya no las tenía todas consigo, simuló pensarlo, como si no le gustara la idea, para luego, como de mala gana, aceptar. Y para darse mayor respiro, le cedió el primer intento.
El rey de las montañas azules, inspiró profundamente, tanto que casi no quedó aire para respirar, y exhaló un poderosísimo soplido, que mandó a la pobre casilla del zapatero por sobre las nubes. A alturas nunca antes alcanzadas por una casilla de cuero.
De esa altura cayó vertiginosamente, rebotó y…, fue ese momento el que había esperado el rey del norte. Aprovechando el envión del rebote, lanzó su poderoso soplido de tal manera, que esta vez la casita del zapatero subió y subió y subió hasta perderse de vista.
Luego de traspasar los cielos y rebotar en los cometas, fue cayendo de a poco, pero ya no estaba en su querido planeta, sino en otro de nombre tan extraño, que nadie en su sano juicio le hubiera soñado poner: el planeta ¡Tierra!
SEGUNDA PARTE
¿A quién se le pudo ocurrir ponerle el nombre de la sucia y siempre voladora tierra a un planeta? Acaso, ¿no es la tierra la que echa a perder el lustre de sus magníficas obras de arte para los pies?
Pasaron como cinco días antes de que se le fuera el fenomenal mareo cósmico y tuviera la suficiente fuerza como para desclavar la puerta. Salió medio aturdido aún y parpadeó delante ese único, raro, pero fortísimo sol que atraía su estupefacta mirada.
¿Dónde estarían los tres hermosos soles?: ¿el azul matutino, el dorado de la tarde y su gemelo de bello color escarlata de la noche?
— ¿Dónde estaré? —se preguntó extrañado, por el aspecto tosco del suelo, donde sus delicadas babuchas de piel de “bruki” no le servían para pisar las desparejas rugosidades.
Se construyó unos zuecos con el grueso cuero del “macbru”, sacado de la pared de su casa, en tiempo récord.
Se puso en camino para descubrir donde estaba, en seguida vio un burro, y acercándose cuidadosamente, lo encaró, preguntándole muy circunspecto:
— ¿Podría decirme dónde me encuentro?
El burro, que era un viejo animal dedicado a arrastrar su osamenta y las pocas pertenencias de su amo, sólo mordisqueaba filosóficamente la hierba y no se dignó a contestarle, ignorándolo.
— Si no fuera que estoy apurado en saber adónde estoy, te desollaría para hacer unas botas, por mal educado —rezongó, prosiguiendo su caminata en busca de información.
A poco de andar, se detuvo admirado viendo cómo una pareja de colibríes realizaban piruetas aéreas, de donde venía, sólo se veía volar toda clase de objetos animados o no, cuando los tontos vientos se ponían a jugar. Quiso preguntarles sobre su paradero, sin embargo, ya se habían alejado hacia el cielo.
Como no estaba acostumbrado a pasear por piso tan desparejo, empezó a cansarse. Vio a lo lejos un conjunto de figuras alargadas con altas cabelleras verdes, pensó que algo las mantendrían entretenidas y supuso que allí podría hallar a alguien que le notificara de su paradero.
Arribado al lugar, notó que no deseaban de ninguna manera moverse, y pensó para sí, que si todos fueran como estos bichos raros que se hunden en el piso, se moriría de hambre, pues nadie usaría sus zapatos. Aunque estaban reunidos, parecían mudos; lo mismo intentó gritarles preguntando dónde se hallaba, pero sin mayor resultado. ¿Además de mudos, eran sordos? Pero por las dudas pidió permiso muy solemnemente para quedarse a descansar cerca de ellos, ya que por lo menos con sus alturas, le prodigaban algo de sombra ante ese sol tan inclemente para con su sensible piel.
Tomando algo de confianza, hasta se recostó contra uno de ellos y se quedó dormido.
Cuando abrió los ojos comprobó que aún estaban allí tal cual antes de cerrar sus ojos.
- Vaya, estos tíos son de lo más aburrido que he visto en mi larga vida.
Y ya se disponía a proseguir su viaje, cuando algo le cayó encima. Mirando bien, advirtió a un pequeño plumífero que debía tener mucha confianza con el gigante, pues había instalado en uno de los brazos, algo que parecía un sombrero de paja y plumas de donde salía a volar y luego al rato, regresaba con algo en el pico. Como tampoco le prestó atención, se dirigió hacia una colina próxima pensando que desde allí podría ver quien le diera referencias sobre su actual paradero.
De la cima divisó un río y a otros seres altos de cabelleras verdes –se preguntó cómo sería posible si no caminaban, que estuvieran en tantos lados- allí había también un gran animal que se dedicaba a comer yuyos.
— ¿A qué reino tan atrasado he llegado? —pensó.
Bajo cautelosamente hasta llegar junto al interesante ser que de vez en cuando levantaba indiferente la mirada y luego de tragar avanzaba un paso. Cuando se puso a su altura, carraspeó ostentosamente, pero nada.
-Dígame –dijo- ya que usted parece de estos rumbos, podría decirme dónde me encuentro. ¡Es que me he perdido!
El caballo, que no era otra cosa, siguió en lo que estaba sin prestarle la mínima atención.
Ofuscado, nuestro amigo tiró de una correa que el muy ladino tenía alrededor del cogote. ¡Para qué! el potrillo pegó tal espantada que lo revoleó por los aires en su arremetida.
Cuando pudo levantarse, tenía moretones por todos lados, y rengueaba de una pierna.
- ¡Hau! ¡Qué seres tan innobles, y faltos de cortesía que hay en estos reinos! -se lamentó, mientras sobaba con sus gordezuelas manos su trasero- si me viera en estos momentos mi amadísima princesa. -Y se dio cuenta que…, que era recién que se percataba lo mucho que hacía que no la veía. Sin duda estaría disgustada por no haberle entregado sus reales zatapillas de tela y cuero de “nabadillo”, del “nabadillo” que nunca, nunca jamás había conseguido uno tan bueno.
- ¿Quién está allí?, ¿Quién está allí? -se repitió la pregunta a sus espaldas y dio tal brinco por la sorpresa que derramó el agua del jarrito de cuero.
Buscó por todos lados el origen de la voz y por fin vio al que le formulara la pregunta. Era un pequeño ser cubierto de plumas de brillantes colores verdes y rojos, con un pico encorvado y una mirada luminosa que denotaba inteligencia.
- ¡Por fin alguien con quien hablar y poder salir de dudas! -exclamó mientras le abandonaba la decepción que le estaba deprimiendo el espíritu- ¡Dígame, amable desconocido!, podría indicarme ¿dónde podré comer? y de paso también, si no es molestia, ¿conocer en dónde estoy?
Ante el mutismo de su interlocutor, pensando que tal vez no entendía el idioma, repitió en otra forma: - ¡Comer!, ¡comida!, ¡papa! -dijo al punto que se señalaba los gruesos labios de su bocaza.
- Prrr….prrr. La papa para Pete, la papa para Pete -expresó el ser al tiempo que agitaba sus brazos y picoteaba la rama del árbol.
- ¡No! ¡Está confundido!, no me llamo Pete, mi nombre es Gnomio el hijo de…, de; bueno, usted de todos modo no lo conocera. Yo le hago los mejores zapatos para todo tipo de pie y pata, ¡ah! ¡Ya lo creo que si!
- ¡La pata Pete!, ¡la pata Pete!, ¡Pete quiere la paapaaaaaaa! -exclamó el loro y agitando sus alas voló, dejando al pobre zapatero más confundido que antes.
- Vaya, cada vez estoy más convencido de que he llegado a un país de orates sin remedio.
TERCERA PARTE
El extraño sol curiosamente se fue ocultando tras el horizonte, y pensó cómo harían en estos lugares para ver. Seguro que aparecería algún otro sol para continuar iluminando. Seria cuestión de esperar. Y al cabo de un tiempo apareció un sol más extraño que el anterior, con solo un pedazo y su blanquecina luz apenas despejaba las tinieblas.
Pero a lo lejos había otra luz, ignorando aún cómo podría haber un pequeño sol sobre la superficie, se dirigió curioso para ver esa maravilla.
Caminó y caminó, pero como si fuera una ilusión, cuanto más caminaba, más lejos le parecía su meta.
Juancho, el sordomudo, tenia la costumbre de cargar un fogón en su carromato para calentar el agua que usaba en sus inacabables mates amargos, con los que se hacia compañía cuando trasladada su majada de cabras por la falda del cerro; también era su costumbre andar siempre descalzo, le gustaba sentir la madre tierra bajo sus pies, que de tan duros y curtidos ni sentía las piedras o las espinas. Llevaba para abrigarse: su poncho zurcido, sus pantalones de paño rústico y un sombrerote de ancha ala, que de tan viejo era del color del tiempo, como sus ojos bajo las espesas cejas, payas como su pelo.
Al llegar a la orilla del curso de agua, sus animales se pararon a beber, desenganchó su burro, que apenas podía con su propio cuerpo de tan viejo, que sin duda, si pudiera comunicarse, le podría haber contado el extraño encuentro que tuvo esa misma tarde con un personaje raramente vestido. De cabeza grandillona y un pelo hirsuto de color azafrán que remataba con una enorme nariz redonda y roja igual a un tomate. Debía ser casi ciego, pues tiene los ojos cerrados por unos carnosos párpados, y camina bamboleante, arrastrando unos zapatones de lo más ridículos.
Gnomio suspiró aliviado, cuando comprobó que la luz que seguía se había detenido. Acicateada su curiosidad, aceleró su paso.
Asombrado comprobó que aquél no era ningún sol, sino que las emanaciones luminosas provenían de un cajón con ruedas, como los usados por los niños para sus juegos. A su alrededor, había varios cuerpos que se movían libremente y pensó, que por fin alguno de ellos podría aclararle en dónde estaba y como llegar a su amado reino.
Esta vez tomó la precaución de observar de cerca de aquellos individuos, antes de aparecer de improviso.
El viento que bajaba de las serranías se había convertido en un céfiro helado. Pensó que aquí también estaban como en su reino jugueteando los reyes eolos, para disgusto de los pobres mortales; tal vez por estos lares sean otros, pero tan díscolos como los de su amado terruño.
A causa del frío se encasquetó el gorro rojo que había traído de ciudad Topacio, hecho con fino cuero de “berkyberky” coronado con un pompón de piel de “urúkulu”.
Su majada se había acomodado para dormir y su burro, luego de beber y mordisquear perezoso la hierba, también se acomodó para tomar su merecido descanso.
Allí tenia un viejo rancho de barro y paja heredado de su padre, y con esfuerzo, a su vera, alzaba una verdadera casa con ladrillos traídos de a uno o dos desde la estancia en la que estaban construyendo un palacete. También le habían regalado una bolsa de cemento, y él había comprado cal viva y arena que por suerte estaban baratas.
Todas las noches, antes de irse a dormir, preparaba la mezcla y elevaba sus paredes de a una hilada por vez.
Juancho, esa vez, preparó mucho más mezcla de lo que podía utilizar, y como estaba extremadamente cansado, sólo hizo media hilada y se retiró a dormir a su viejo rancho, antes cambió la cebadura de su mate, arrojando fuera del carro la yerba usada, que nunca supo adónde fue a parar.
Intrigado Gnomio se acercó a esa extraña pileta, pero le cayeron encima unos yuyos verdes y mojados, que lo cegó y no pudo ver que se iba enterrando paulatinamente en la mezcla.
Cuando quiso salir, no pudo y empezó a gritar a todo pulmón y gritó hasta que el cemento le cubrió la cabeza.
Juancho no podía comprender cómo pudo llegar a su obrador esa figura de alfeñique con una cara tan ridícula y zapatones tan feos. De tan feo le gustó y desde entonces en el portal de su nueva casa está la estatua del gnomo cuidándola. Al que ¡ho casualidad!, pintó su gorra y sus ropas de rojo; el pompón y su barba de blanco y sus zapatones, cara y manos de marrón claro.
A todos que le preguntan, dice que es su amuleto de la buena suerte.
Luis Alberto Guiñazú
Ilustración: AGUADOR cuadro de Vicenzo Caprile
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