derecho de autor

Registrado en Safe Creative Pase, que le cuento Safe Creative #1404260122035

19 noviembre 2011

Rapto cuento dramático

Horas de angustia cuadro de Julio Romero de Torres

Rapto
Después de comer, me vistieron muy elegante y me sacaron de paseo. Me llevaron a un salón lleno de butacas, donde había gente entrando y saliendo.
Cada tanto un megáfono profería un número y entonces, alguien se levantaba de su asiento, saludaba y partía.
Casi todos los allí reunidos tenían caras de preocupación. Un televisor pasaba un interminable noticioso al que nadie prestaba atención, pues no tenía sonido.
Al cabo de un tiempo, aburrido de jugar con una pelotita de plástico, advertí que estaba solo.
La niñera que me había llevado ya no estaba a mi lado.
Comencé a agitarme y mirar hacia todas partes.
Una niña me acarició la cara.
Una anciana exclamó: ¡Qué lindo!; mientras que otra mujer me tocó la mano y yo le tomé un dedo.
Una jovencita, casi una niña, me levantó y al momento alguien la regañó: “¡Déjalo donde estaba!”
Volví a agitarme inquieto, y al notar que nadie me atendía, lancé un potente llanto.
En seguida me rodearon un montón de curiosos.
Oí cómo se preguntaban sobre quién sería la irresponsable de dejarme solo.
Un señor de uniforme acudió llamado por la mujer a quién le tomé del dedo.
Cuando comprobaron que aquel que  me había llevado no estaba ni en el baño, ni en ningún consultorio, revisaron el bolso dejado a mi lado. Dentro de él sólo hallaron mi osito Jupi, una mamadera, y dos pañales; ni nombre ni dirección.
Las médicas y las enfermeras se peleaban para mimarme, alzarme; una me acunó en sus brazos hasta que llegó el director del hospital con una mujer del juzgado de menores.
Me llevaron con un pediatra que me midió y pesó; me escuchó los latidos, me miró la boca y los ojos. También me desnudó para mirarme la entrepiernas y por detrás. Por último le dio una nota a la señorita, que ante la puerta aguardaba el resultado de la revisación.
“Está normal”, –le aclaró: “No está ni desnutrido ni enfermo, ni tiene indicios de maltrato”. “Aquí tiene”.
La señorita ajustó más la mandíbula, quizás hasta hubiera sonreído al joven doctor, pero no se notó. Guardó la hoja y ayudó a vestirme para luego transportarme con ella a pesar de mis lloros y protestas.
Me depositó en lo que después supe era “La Casa Cuna”.
 Me instalaron en una habitación de altas paredes encaladas, dentro de una cuna que más parecía un calabozo.
A pesar de mis gritos y lloriqueos nadie vino.
Me paré; a través de las rejas pude observar la fila de camas iguales a la mía, algunas estaban vacías.
Me callé. El silencio se fue haciendo insoportable, a los pies de la camita alguien dejó mi bolso; quise sacar mi osito Jupi, pero no tenía ni fuerzas ni maña para correr la cremallera. No grité ni lloré, pero la vista se me empañó.
Cuando la luz que llegaba desde los ventanales fue disminuyendo, entraron cuatro mujeres de blanco y comenzaron a desvestirnos; colocaban las suciedades en un carrito y al punto nos cubrían con pañales nuevos.
No eran de los que habitualmente uso; éstos me picaban y me lo pusieron muy ajustados. Se lo hice saber con mis contorsiones y gritos. Creo, que si en ese momento no entraba la que parecía mandarlas, me hubiera dado una cachetada; lo vi en su rostro, en el gesto contenido y por la forma de zamarrearme cuando me acostó.
–“Siempre  los nuevos dan más trabajo” –fue el comentario de la enfermera más vieja.
Más tarde nos dieron un biberón, apagaron las luces y volvió a reinar el silencio en la sala.
Entre hipos y llantos, entre la incomodidad y la frustración no pude dormir hasta las primeras luces del amanecer, que me trajo un poco de paz.
No duró mucho, las luces desde lo alto parpadearon; ingresaban nuevamente a cambiarnos, aunque no hiciera falta; solamente cumplían con el horario.
El biberón vino a acallar el coro de llantos y reclamos.
Cada vez que alguien se me acercaba elevaba la vista en procura de reconocer a mi nana, a mi mamá o a mi padre.
Fueron tres días de angustia.
Estaba profundamente dormido cuando me levantaron de mi celda para abrazarme, inmediatamente desperté y reconocí el olor, el lindo olorcito, el querido olor de mi madre.
Todo ese tiempo les tomó reunir el dinero que exigía el amante de mi ‘nani’, para decirles dónde me habían escondido.
Publicar un comentario en la entrada